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Un día cualquiera

Un día cualquiera

Un día cualquiera

Nos levantamos por la mañana y lo tenemos todo previsto. La agenda manda.

Un café, niños al colegio, fluorescente de oficina, reunión a las 12, llamadas. Para comer improvisamos cualquier cosa, aquello que hemos dejado descongelando durante la noche, o los restos del fin de semana. Por la tarde más trabajo, o más niños. A toque de pito.

Pronto se pone el sol y te preguntas si hoy te concediste un capricho. ¿Lo hiciste? No. ¿Hiciste hoy reir a alguien? No. ¿Aprendiste hoy algo nuevo? Ufff.

Mis hijas están cansadas de que cada noche, sentados todos a la mesa mientras cenamos, les pida que me digan una cosa, sólo una ÚNICA cosa que hayan aprendido durante el día. “Papa, qué pesao!”. La mayoría de días escabullen la pregunta y yo me quedo sin saber si en el colegio realmente aprenden algo o simplemente pasan las horas.

Pero lo peor es cuando me disparo la pregunta a mí mismo. R, dime una única cosa que hayas aprendido hoy. Mmmmmm. Tengo que buscar realmente en los recovecos del cerebro algún dato o teoría, para acabar concluyendo que todo lo que aprendo es porque lo leo o lo escucho en algún sitio. “Lee más, escucha más“, me digo.  Pero luego me digo que también cada día aprendo algo sobre mí mismo, sobre mis limitaciones, y ésas no hace falta que nadie me las imprima en papel o me las recite al oído.

Luego llega el momento de irme a la cama y no he hecho la mitad de las cosas que quería hacer ese día.

Se me ocurre pensar que un día cualquiera es como una vida cualquiera. La gente se muere en el momento más inoportuno. Dejando cosas a medias. A lo mejor enfadados con alguien. A lo mejor con un favor pendiente que devolver. Nadie dice: “como igual me muero mañana voy a dejarlo todo bien atadito”. Te vas y te vas. Nadie te avisa. Adiós. Ya arreglarás tus cuitas en el más allá.

El día es también así. Un montón de frentes abiertos. Piensas que quizás hoy será el día en que los cerrarás todos y podrás irte a la cama pensando en el nuevo día que vendrá a la mañana siguiente. Un día inmaculado y nuevo, como un lienzo blanco. Pero los días son siempre lienzos guarros, llenos de borrones y manchones. Son obras inacabadas, y nosotros los artistas sólo podemos aspirar a una cosa: mantener los pinceles bien ordenados, limpiar de vez en cuando. Ser pulcros. Se lo dice la maestra a mi hija: “dibuja con pulcritud”. Hoy me voy a aplicar el cuento.

Y yo reproduzco esta película en mi mente: le pregunto a Blanca, “Blanca… ¿qué has aprendido hoy?” Y ella, me sonríe con una sonrisa que quiere transmitirme “te entiendo papa” y dice con la tranquilidad de un adulto…”Pulcritud, papá”.

Cumplir años ya no mola

Salgo a correr y siento punzadas en la rodilla. Al cabo de un rato desaparecen. Hay días que son más fuertes. Otros días todo va bien. Pero en general, al ponerme en movimiento mi cuerpo chirría.

Cuando voy al lavabo la orina ya no sale a chorro. Cae como por efecto de la gravedad. Debe ser que la vejiga se está acartonando.

Hace unos meses que me tengo que quitar las gafas de miope para leer. Tengo que alejar y acercar las manos hasta encontrar un buen enfoque. Presbicia, diría el oftalmólogo.

En la piscina le miro los pies a mi hija: son pies perfectos y finos. A su lado mis pies son de alabastro.

La barba me crece medio gris.

Me acuesto cada vez más pronto y no me cuesta madrugar.

Las uñas me crecen más rápido. O esa sensación me da.

Me nacen pelos inoportunos en los más insospechados lugares, como en el reborde exterior de las orejas.

Los dientes amarillean.

Estoy abonado a la “playlist” denominada “melancolía” en Spotify. Y hace mucho tiempo ya que no me apetece la música con mucha batería.

Sólo una buena cosa: mi voz entona mejor los canturreos en la ducha. Alcanza mejor y no se rompe como antes. No es que nadie se haya dado cuenta. En la ducha estoy solo.

Cumplir años ya no mola.

 

 

Cómo vivir varias vidas

Cuando cambié de casa en 2010 no puedo negar que sentí cierta inquietud.

Hoy, más de cinco años después el balance no puede ser más que positivo.

Cambiar de casa es como empezar una nueva vida: nuevos vecinos, nuevas rutinas, nuevos escenarios, nuevas rutas.

Ahora soy un gran defensor del cambio regular. Cada cinco años debemos darle un repaso a nuestras vidas. El cambio hace que el tiempo pase más despacio. Te hace más consciente de lo que tienes, de lo que tuviste, de lo que quieres tener, y de lo que quieres evitar.

Demasiado tiempo en el mismo sitio, en el mismo barrio, en el mismo trabajo, las mismas rutinas hacen que te acartones y poco a poco te marchites.

Cada cinco años hay que cambiar:

  • De casa
  • De proyecto laboral (no necesariamente de trabajo, pero sí de horizontes y proyectos).
  • De aficiones
  • De objetivos
  • De coche
  • De relaciones (cultivar nuevas amistades, quizás cambiar de pareja)
  • Experimentar nuevos aprendizajes.

Cada cinco años hay que darle la vuelta a tu vida como si fuera un calcetín.

Apuntarse a clases de algo nuevo, adquirir una nueva habilidad. Volver a la escuela. Aprender un nuevo idioma. Cambiar de ciudad. Cambiar de país. ¡Cambiar de religión! Explorar.

A los cinco años hay que cambiar de Android a Apple, y cinco años más tarde cambiar de vuelta a Android. O al revés. O renunciar a tener móvil. O desconectar el whattsapp durante cinco años.

Pasados cinco años, y esto es inevitable, cambiarás de hijos. Porque tus hijos después de un lustro son personas diferentes -uno espera que más maduras y razonables- aunque no siempre es así. Estáte preparado.

Si cada cierto tiempo haces un esfuerzo por cambiar conscientemente aprenderás más cosas sobre tí mismo.

Lo importante es que te dés permiso para cambiar, y equivocarte en el proceso. El cambio no es algo a lo que debas temer, pues a la vuelta de la esquina del próximo cambio el camino te parecerá más iluminado. Y si no fuera así, si acaso la intensidad de la luz fuera menor, no debes dudar en doblar entonces la siguiente esquina que encuentres en tu ruta y seguir cambiando. Así hasta encontrar una versión mejor de tí mismo.

Al cabo de los años encontrarás que has ido ascendiendo los peldaños de una escalera que te habrá acercado cada vez más al autoconocimiento.

No tengas miedo. Cambia. Así vivirás más vidas que un gato.

Tiempo de cambiar

Tiempo de cambiar

Cómo aprender de verdad

Cuando yo iba a la Universidad muchos estudiantes preferían no asistir a clase, y quedarse conversando tranquilamente en el bar.

Entre los que estaban matriculados en mi clase había un grupo que prácticamente se saltaba todas las clases. Uno de aquellos alumnos que se pasaba el día entero en la “pecera” es hoy un político de alto rango en la Administración catalana.

Yo hice campana muy pocas veces, siempre por alguna “causa mayor”, como estudiar para algún examen o acabar un trabajo en el último momento.

Otros estudiantes no acudían a clase y conversaban socráticamente con una cerveza o un café delante.

Muchos años después me doy cuenta de que he olvidado casi todo lo que un día “aprendí” en un aula. Yo creo que ya no sé ni la tabla del 9. No sé nada. Cada día me levanto con el cerebro en blanco, deseando que nadie me pregunte nada, y apoyándome únicamente en el poco sentido común que se me concedió al nacer.

Quizás la mejor estrategia para “aprender” era quedarse en el bar hablando y hablando todo el día con los colegas. Hablando de lo divino y lo humano. Haciendo bromas y riendo a carcajada limpia. Quizás lo mejor no fue estresarme por tantos exámenes, trabajos, profesores y asignaturas.

Para aprender es mejor charlar que estudiar

La letra, con cerveza entra

Hay estudios que afirman que después de una hora, el 80% de los estudiantes no saben explicar de qué iba una clase a la que acaban de asistir.

La mejor manera de aprender de verdad es escuchar, repetir, preguntar y debatir. En este orden y en un periodo de tiempo limitado:

  1. Alguien te explica algo, por ejemplo un profesor, o un conferenciante, o un amigo.
  2. Lo debes encontrar interesante, atrayente, novedoso. Si no se cumple este requisito mejor olvídalo. Lo vas a hacer de todas maneras, por mucho que te esfuerces en retenerlo en tu cerebro de ratón.
  3. Lo utilizas en alguna conversación informal con amigos o familia,durante las horas inmediatamente posteriores.
  4. Te preguntas en voz alta por qué aquello es así. Preferiblemente delante de otro que se lo pregunte contigo, o mejor, que sea capaz de ofrecer una respuesta, aunque no sea correcta. Durante el mismo día.
  5. En días posteriores sacas el tema en reuniones y conversaciones con amigos. Empiezas un debate. Preguntas a los demás su opinión y expresas tú la tuya, aunque no la tengas formada al 100%. Date permiso para equivocarte. Pontifica un poco. Muéstrate seguro, aunque sepas que lo que estás diciendo puede ser una parida.
  6. Luego hay un período de sedimentación del conocimiento en que el cerebro fija la información y la asienta en la RAM mental. Sucede a nivel subconsciente durante los días y semanas posteriores.
  7. Como último y definitivo martillazo que acaba de asentar el concepto o idea en tu coco, vuelves a escuchar una clase o una charla de alguien que te vuelve a explicar lo mismo que te enseñaron en el primer punto. Busca algún video en youtube sobre el tema, o una clase en Khan Academy.

Los que tenéis hijos, no confiéis en que en los colegios, en los institutos y en la Uni les enseñen nada. Como mucho les explicarán cosas, multitud de cosas. Pero no pasarán del punto uno. Ni siquiera el 80% de lo que les cuenten cumplirá el punto dos. Se puede descartar directamente por aburrido e insulso. Si no sucede el resto del proceso no hay aprendizaje. Lo que le expliquen a tu hijo en clase será agua que pasa a través de una red que no filtra nada.

Después de escuchar es necesario repetir, preguntar, debatir. Sólo así la red se convertirá en un tamiz tan fino que atrape el conocimiento, que es como una minúscula pepita de oro. Obtener cada pepita de conocimiento es un trabajo duro, pero supone obtener algo tan intemporal  y valioso que -poco a poco- irá formando un tesoro de valor incalculable.

Lentamente las pepitas se convertirán en un tesoro de sabiduría, porque estaremos practicando el noble arte del aprendizaje real.

Buscar el conocimiento real es como buscar pepitas de oro

Obtener el conocimiento real es como buscar pepitas de oro

Por eso es crucial que hables con tus hijos sobre lo que han escuchado. Pregúntales qué les ha llamado la atención, deja que te expliquen. Mientras repiten están aprendiendo. Cuestiónales aquello que digan y oblígales a que lo miren desde otro ángulo. Hazles buscar la Verdad como si fuera una perla en medio del océano y ellos fueran buceadores a pulmón libre.

Haz de tus hijos buscadores de perlas.