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La mochila ligera y la atención focalizada

Todos llevamos cotidianamente un equipaje a la espalda. Unas maletas, una mochila que cargamos en la vida. En diferentes épocas la mochila va más vacía o más llena. Cuando somos pequeños nos colocan la mochila nuestros padres y nos la van llenando con lo que ellos consideran que nos va a ayudar en el futuro.

Hoy en día los niños llevan unas mochilas bastante prominentes y algunos van a desfallecer y caerse en cualquier momento. Demasiada carga. Demasiadas actividades. Demasiadas responsabilidades y compromisos. Lo bueno de ser niño es que uno casi no debería llevar carga. Un paquetito ligero. Ya llenaremos la mochila más adelante, a medida que nos haga falta.

Cuando eres estudiante te llenas tu propia mochila, a lo mejor te planteas dejar la mochila que llevas en el suelo, y coger otra totalmente diferente, que te irá mejor para el tipo de viaje que te dispones a emprender. Supongo que nunca es tarde si quieres cambiar de mochila. Mejor eso, que arrastrar una carga que se te haga insoportable.

Cuando eres padre hay cosas en tu mochila que no puedes abandonar, como el tiempo y la atención que requieren tus hijos. Puedes escoger que tus hijos ocupen más o menos espacio en tu mochila, pero seguramente, deberías dedicarles una buena parte de tu atención, porque no tardarán mucho en ser ellos los que quieran saltar de tu mochila y renunciar a tu atención y cuidados.

En general nuestra tendencia natural es a ir cargándonos de proyectos y actividades, ya sea porque nos parecen divertidas o estimulantes o inspiradoras. O porque pensamos que nuestra aportación podría ser muy apreciada por los demás. A mí, por ejemplo, me encantaría aprender chino, ir a la playa a nadar cada día, aprender a programar o grabar unas cuantas canciones con el GarageBand, pero debo elegir qué meto en la mochila, y todo no me cabe. Antes sufría e intentaba llenar mi agenda de cosas, siempre me daba la sensación de que me estaba perdiendo algo, y nunca decía no a cualquier nueva propuesta que era más una prioridad de quien me la proponía que mía.

Es importante llevar una carga moderada. Cuando uno se hace mayor, creo que una de las habilidades más importantes que debemos desarrollar es la de detectar rápidamente aquel paquete que nos pesa demasiado dentro de nuestra mochila. Ser consciente de que no podemos cargar de todo. Si lo hacemos podemos hincar la rodilla y la moral en el suelo.

Llegados a la cuarentena ir ligeros de equipaje es importante, casi tan importante y complementario a desarrollar una capacidad o habilidad que no se tiene hoy en día en alta estima: focalizarse.

Focalízate !

Yo no sé quién se inventó lo de la multi-tarea. Bueno, supongo que los fabricantes de chips de ordenadores. Y la verdad es que para las máquinas el concepto está muy bien. Un procesador multi-tarea se supone que puede acometer varias operaciones o algoritmos “simultáneamente”, o sea aprovechando los nanosegundos de parada en los cálculos de una tarea va avanzando en otra, y así, a nosotros nos parece que trabaja simultáneamente en dos o más cometidos.  Pero nosotros somos humanos, tenemos un cerebro muy primitivo, y no podemos dispersar nuestra atención en muchos frentes. A mí me ocurre que hay mañanas que me enfrento a varios mini-proyectos, y no acabo de avanzar satisfactoriamente en ninguno. Sin embargo, si me “focalizo” en un sólo asunto y le dedico un buen par de horas ininterrumpidas, la productividad es mucho mayor.

Este verano he leído las “Cartas filosóficas” de Lucio Anneo Séneca, el filósofo estoico. Increíble la sabiduría que ya desarrollaban los prohombres de hace dos mil años, e increíble la moderna validez de algunas de sus afirmaciones. Parece un libro moderno de autoayuda. En un capítulo trata de la mono-tarea. Los estoicos ya lo tenían claro.

Una digresión: me hace gracia leer las notas explicativas del texto, en el que a veces ocurre que la traducción difiere según los expertos, debido a que el manuscrito hallado está deteriorado en alguna parte o página y tratan de “adivinar” el inicio o el final de una frase o un párrafo, basándose en referencias a la obra de otros autores de la época o simplemente en suposiciones. Te das cuenta de lo azaroso (de azar) de que nos hayan llegado algunas obras y otras no.

Pero en este fragmento no hay duda, cuando Séneca habla de la necesidad de no dispersarse (le habla a su amigo Lucilio en segunda persona):

“Evita este escollo: que la lectura de muchos autores y de toda clase de obras denote en tí una cierta fluctuación e inestabilidad. Es conveniente ocuparse y nutrirse de algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma. No está en ningún lugar quien está en todas partes.

[…] Nada impide tanto la curación como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer.”

Ya lo decía el filósofo en el año 64 d.C.: que tu biblioteca no sea más grande que los libros que hayas leído. Lee poco y bueno. Focalízate. No picotees de aquí y de allí. Céntrate y haz una cosa cada día. Avanza en una dirección.

Hay estudios modernos que dicen que los conductores que hablan por el móvil tienen el mismo porcentaje de accidentes que los que van bebidos. Confesadlo: si estáis absortos en el ordenador (mirando el Facebook o Twitter, claro) y vuestra mujer os da instrucciones detalladas sobre algún cometido doméstico: ¿cuál es el porcentaje de cagarla al poner la lavadora o acertar con los elementos de la lista de la compra? Altísimo ! :-) Otro ejemplo: ¿Os ha sonado el móvil alguna vez mientras pagábais la compra a la cajera del supermercado? ¿Hay algo más tonto que un tío hablando por el móvil mientras tiene que pagar, recibir el cambio, coger el ticket y cargar las bolsas en el carrito? No cojáis el móvil. No hagáis multi-tasking.

No te lo recomiendo

Yo estoy intentando eliminar la multitarea. Cuesta. Si juego con mis hijas, voy a intentar que sea al 100%. Si friego las sartenes: que sea al 100%. Si hablo por teléfono: al 100%, sin distracciones. Si escribo este blog….espera… que quito la radio !…Ahora ya estoy al 100%….Mmmmm….. Casi que mejor paso a otra cosa.

 

11 razones por las que es mejor tener cuarenta que veinte

La juventud está sobrevalorada. La mejor edad son los cuarenta. O los cincuenta. Espero que también estén bien los cincuenta. Pero los cuarenta son geniales. Yo diría que “los cuarenta son los nuevos treinta”.

Sí, es cierto que con veinte años tienes la piel suave y tersa. Y si uno repasa fotos se ve más delgado y hasta atlético. Supongo que tu yo veinteañero te podría ganar en una carrera de 100 metros descalzos por la playa contra tu yo cuarentón. Sin embargo hay un montón de cosas que son mucho mejores a los cuarenta:

  1. La primera que me viene a la mente es que (si tienes hijos) has experimentado el más puro amor que se puede albergar. El amor por los hijos. Un amor sin contrapartidas ni intereses.
  2. Las hormonas están bajo control.  Ya no haces tonterías para gustarle a las chicas. Tu sentido del ridículo te lo impide. Ya no caminas por la calle pensando cada vez que te cruzas con una chica guapa: “Esa chica es guapísima. ¡Cómo me gustaría salir con ella!”.
  3. La ambición está bajo control. Cuando tienes veinte eres ambicioso. Crees que te comerás el mundo. Siempre elucubrando sobre el futuro. Igual fue un estigma de mi generación. Siempre pensando si tendría un buen trabajo. Si ganaría suficiente. Preocupado por estar a la altura de las expectativas. Con cuarenta abrazo la teoría del ahora. Lo que importa es el ahora. Hay un libro que he visto recomendado en varias fuentes: “The power of now”, de Eckhart Tolle. Un superventas en los USA. Lo tengo en mi lista de lecturas pendientes. Habla de la importancia de no mirar al pasado, ni preocuparnos demasiado por el futuro. ¿De qué sirve lamentarse de lo que ocurrió o no ocurrió? ¿Por qué preocuparte de lo que vendrá? Aprovechando el hoy y siendo consciente de cada minuto le sacamos más jugo a la vida.
  4. Ya no necesitas la aprobación de nadie. La principal aprobación que buscas es la tuya. Si todavía buscas la aprobación de tus padres, de tus jefes, de tus amigos, entonces es que todavía no tienes cuarenta. Por lo menos, no mentalmente.
  5. Ya no haces cosas que no te gusta hacer. Por ejemplo salir a la discoteca sólo porque todos tus amigos van. No hace falta trasnochar y deambular toda la noche por la calle hasta ver amanecer aunque te estés aburriendo soberanamente, sólo porque se lo contarás a todos al día siguiente, o porque creas que si lo haces serás un tío.
  6. Con cuarenta ya no aguantas conversaciones banales ni gente que no te interesa. Yo ahora tengo una excusa genial: cuando una conversación de adultos me aburre me separo discretamente y con la excusa de controlar a las niñas me retiro a jugar con ellas. Es una buena excusa, y me sirve para no aguantar palizas.
  7. Es verdad que tienes menos potencia y explosividad, pero ganas en resistencia y en poder mental. Como tu cuerpo no aguanta lo mismo, y eres más consciente de lo que le cuesta digerir y procesar la comida y el movimiento, empiezas a cuidarte conscientemente. Esa dedicación al cuidado del cuerpo (no hablo de machacarte en el gimnasio cuatro horas al día o someterte a cirugía estética,  hablo de salir a andar o correr con cierta asiduidad y quizás hacer una tabla sencilla de ejercicios de estiramiento y flexibilidad, pilates o yoga) te mantiene alerta y en comunión con la mente. Ya lo decían los romanos “mens sana in corpore sano”.

    Ella ya tiene más de 40

  8. Puede ser que con cuarenta todavía no sepas exactamente qué es lo que quieres en la vida, igual que a los veinte. A mí todavía me pasa en muchos aspectos. Pero por lo menos tienes bastante más claro, qué es lo que no quieres bajo ningún concepto.
  9. En mi caso, los cuarenta están coincidiendo con una época minimalista. Cada vez deseo menos cosas. Menos posesiones. Menos preocupaciones. Menos expectativas. Es curioso. Estoy leyendo la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson. Ese tocho que habréis visto en las librerías con la cara de Jobs en primer plano. El primer slogan publicitario de Apple, allá a inicios de los 80 era “la sencillez es la máxima sofisticación”. También me he enterado por el libro que la máxima “menos es más” era un predicamento de la escuela Bauhaus de diseño, representada por Walter Gropius y Ludwig Mies van der Rohe. Parece ser que Jobs era un admirador de dicha corriente, que defendía un diseño sencillo y funcional, con líneas y formas muy nítidas pero con gran expresividad. Cosas para cuarentones, vaya.
  10. Tienes una experiencia y un bagaje que para sí quisiera un veinteañero. Has experimentado decepciones, fracasos, dolor, y ocasionalmente algún pequeño éxito. Te ha dado tiempo a darte cuenta de que la vida es esencialmente un manto de frustraciones salpicado por puntuales momentos de gozo. Ya asumes que la mayoría de cosas salen mal, o simplemente no salen. Es el precio que hay que pagar para que ocasionalmente algo se convierta en una satisfacción.
  11. Con cuarenta te das cuenta de lo poco que importa el dinero. Cuando tienes veinte todo lo mides en dinero. Quieres ser millonario. Tener un buen coche. Una casa grande con piscina. Poder ir de vacaciones a remotos lugares. Comprarte la ropa que se te antoje. Cambiar de vestuario a menudo. Tener de todo lo mejor. ¿sabéis cuál es ahora mi mayor deseo? No tener deseos.

    Mi mayor deseo, no desear nada.

Minimalismo vital

Cuando nacemos, venimos de serie con un chip implantado en el cerebro que nos empuja a poseer, a acumular. Basta vivir el crecimiento y desarrollo de un bebé, para ver que una de las primeras palabras que invariablemente aprende todo retoño es “mío“.

Empezamos con los juguetes, a los cuales puede ser que no prestemos la mínima atención, hasta que llega otro niño y quiere jugar con ellos. Entonces el sacrosanto chip de la propiedad actúa: “mío“. Y si hace falta nos ponemos a jugar con aquel juguete que teníamos abandonado en nuestro cuarto.

Luego vienen los apuntes, libros, estuches, colores, ropa. “Mío, mío, mío“. “No te puedo dejar este libro, mi madre se enfadaría”. “No te dejo la goma, que me la ensucias”. “Este color no, que es nuevo”. “¿Los apuntes? Ni hablar, con lo que me ha costado tomarlos”.

Y finalmente llega el piso, el coche, los esquís, la bicicleta de montaña, el equipo de buceo, más libros, ordenadores, el ipad, el móvil última generación, zapatos, patines, caravanas, barcos.

Cuando tienes cuarenta (reflexiones a las que está dedicado este blog, por si alguien pregunta de qué hablo en él) a algunos se nos ha estropeado el chip. Supongo que de tanto usarlo. Ya no procesa bien. De hecho procesa al revés. Ahora lo que yo quiero es desprenderme de cosas. Resulta que el chip que venía de serie es un defecto de fabricación. Mi conclusión es que poseer más cosas, nos hace más infelices. Hay que “desposeer” las cosas. Desprenderse de ellas. Darse al minimalismo, abandonar el consumo en la medida que podamos, recuperar las esencias, prescindir de lo accesorio. No digo que nos convirtamos en anacoretas, sí digo que analicemos con plena conciencia, si tiene justificación adquirir algo, cualquier nuevo cacharro, visto el uso que le vayamos a dar. Una vez entramos en esta dinámica, uno vive en paz, desacumulando, y es como si uno -y ahora me pongo transcendental- le dijera a la muerte, “ven acércate, no me das miedo, tú me lo quitarás todo, pero yo es que no necesito nada”. Es difícil de explicar.

Veamos algunas ideas sobre cómo abrazar el minimalismo vital:

  1. Si se puede, siempre mejor alquilar que comprar. Por los aeropuertos del mundo se ve gente cargando equipos de buceo que se desplazan en avión de aquí a Sharm el Sheik. Las excursiones a la montaña siempre llevan aparejadas el acarreo de esquís que deben subirse y bajarse de los autobuses. ¿por qué? ¿No es mejor viajar ligero y una vez allí alquilar el material?. Lo mismo se podría argumentar aunque no se requiera un desplazamiento tan largo. Creo que el que viaja sin equipaje es un privilegiado.

    ¿Comprarlo o alquilarlo?

  2. No sólo es lo que cuesta. Es lo que cuesta poseerlo. El hecho de poseer algo tiene un coste. Hay que guardarlo, almacenarlo, custodiarlo. La cosa ocupa un espacio. Casi nadie se plantea la posibilidad de no tener coche, con todo lo que cuesta  poseerlo (gasolina, seguro, párking, reparaciones, revisiones, itv, aceite)  en vez de ir cómodamente en taxi, o en tren a todas partes. Algún día os haré los números, pero veréis que incluso económicamente tener coche es una decisión equivocada.
  3. Ante todo libertad de movimientos. Si al despertar por la mañana saco la nariz por la ventana y veo que el cielo está cubierto de nubes, yo opto por NO coger NUNCA el paraguas. Dos resultados no óptimos son posibles a resultas de la decisión de coger o no el paragüas: lo coges y no llueve, o no lo coges y llueve. En cualquiera de las dos decisiones, prefiero prescindir de llevar el paragüas. ¿Y si me mojo? Pues me mojo. O me espero en un café a que escampe.
  4. En la mente también ocupan espacio. En inglés hay una expresión que dice  “cluttered desk, cluttered mind.”  Viene a significar que para trabajar a gusto hay que tener la mesa limpia de papeles. Todo ordenado, y guardado en su correspondiente ubicación. De esa manera tu mente se centrará única y exclusivamente en el trabajo que sea que tienes que llevar a cabo. De la misma manera si poseemos muchos bienes nos ocupan RAM en el cerebro. Nos reclaman atención. Pensamos en ellas. Sufrimos por ellas. Nos preocupamos.
  5. Vivir sin miedos. Qué gran ventaja no estar pensando si me roban esto o aquello. “No lo dejes en el coche a la vista”, se dicen unos a otros. Siempre me ha sorprendido. “Meto en la maleta unos pantalones largos y unos zapatos de invierno por si hace frío”. Qué gran ventaja la del viajero que escoge no llevar unos pantalones extras ni unos zapatos por si hace frío. Lo más seguro es que no haga frío, pero si lo hace, siempre puedes seguir la “metodología BIT“. Buy-It-There. Te puedes comprar allí una prenda de emergencia. Os dejo un video de 2 minutos sobre cómo viajar alrededor del mundo durante 6 semanas sin cargar equipaje.
  6. Yo quiero siempre lo último. No tener nada me asegura que cuando vaya a alquilar algo, prácticamente siempre me darán lo último. Las empresas de alquiler renuevan sus stocks mucho más asiduamente de lo que lo puede hacer cualquiera de nosotros. Es la manera de evitar la “obsolescencia programada”. Los hoteles, por ejemplo, que no dejan de ser una manera de “alquilar” tu vivienda renuevan -de media- su decoración y mobiliario cada 10 años.
  7. Te conviertes en mejor persona. Te centras en dar, no en recibir. Pero por interés propio. No porque pertenezcas a una ONG o quede bien delante de tus amigos. Yo regalé mi vespa TX200 negra. Sí, tenía un porrón de años. Pero iba perfecta. De hecho, me consta que todavía tira y da un buen servicio a su nuevo propietario. También puedes vender cosas en eBay. Yo no he probado. No tengo tiempo. Pero tengo entendido que sin mucho esfuerzo puedes sacar unas perras si te desprendes de cosas que le puedan servir a alguien.
  8. Y por último…la sostenibilidad. Aunque siendo sinceros, ese será un problema que tendrán que afrontar otros. Yo soy egoísta, y sólo abrazo el minimalismo por razones estrictamente personales.

Si crees que serás más feliz abrazando el minimalismo existencial (te lo garantizo), ya sabes: despréndete de algo mañana mismo.

Si queréis hacerles un favor a vuestros hijos no les regaléis nada

Sé que el título de esta entrada va a causar controversia. Es para provocar. Lo que en realidad quiero decir es que, si les queréis hacer un favor a vuestros hijos no les regaléis nada a vuestros hijos QUE NO HAYAN PEDIDO.

Los niños de hoy en día tienen la gran suerte de haber nacido en una época en la cual:

1) El nivel adquisitivo de sus padres es de los más altos de la Historia.

2) La generación de los que ahora son niños es muy escasa en efectivos. Por cada niño hay muchos adultos: padres, y también abuelos, tíos, primos mayores, dispuestos a desenfundar sin pudor cualquier regalo que tenga un coste económico que esté a la altura del lugar destacado que ocupan en el entramado familiar.

3) El consumo, en general, es alentado y considerado un valor positivo. Cuanto más se consume más estatus se tiene en la sociedad. Las luces de Navidad se cuelgan de las grandes avenidas de las ciudades casi dos meses antes de que lleguen las fiestas, y las tardes de los sábados de invierno no se saben ocupar si no es yendo a comprar a algunos grandes almacenes, que es una cosa muy divertida.

4) La industria juguetera sabe cómo apelar a los más sensibles resortes psicológicos de los niños, y sobre todo de los padres y mayores en general, que tienen un papel clave en la compra de los juguetes: ser los que ponen la tarjeta de crédito, y decidir qué regalo se le hace a los pequeños.

Todo esto hace que debajo de los árboles de Navidad de nuestros hogares aparezcan el día de Navidad regalos a tutiplén. No es extraño que un niño reciba ese día 10 regalos. Que tenga que abrir 10 paquetes muy bien envueltos, con papeles que son, en sí mismos, un regalo. Nada más abiertos los 10 regalos el niño preguntará con una sonrisa: “¿…y cuánto falta para los Reyes? Es que también traen regalos”.

Regalos a tutiplén

Esos regalos, lo tengo comprobado, no se valoran. Serán utilizados mínimamente en el momento de desenvolverse, y en la mayoría de casos serán colocados después en alguna estantería elevada donde pasarán al ostracismo infantil, relegados al duro castigo del olvido, sólo merecedores de cierta atención cuando venga otro niño invitado a casa que muestre interés por jugar con ese juguete.

Desde el punto de vista estrictamente educativo no les estamos haciendo ningún gran favor a los niños sometiéndoles a esa orgía de regalos que muchas veces no tiene ningún sentido. Los regalos no están pensados y mucho menos consensuados entre los miembros “regaladores” de la familia.

Y es que entre todos estamos evitando un elemento clave de los regalos: la ilusión por que nos los regalen.

Para que un regalo venga con su dosis correspondiente de ilusión, debe haberse deseado con anterioridad, debe haberse pedido a los padres y familiares, y debe de haber pasado un tiempo de espera durante el cual el niño NO tiene el regalo, pero lo desea fervientemente, e imagina el placer que obtendrá cuando se lo regalen.

Un gran regalo, aquel regalo que no olvidamos, es aquel que de pequeños le pedíamos a nuestros padres con la boca pequeña, porque era altamente improbable que nos lo regalaran (para algunos fue tan improbable que nunca lo recibieron), y por el cual había que luchar, cumpliendo algún objetivo: “niño, si apruebas las mates miraremos lo del regalo”, “bueno…si este verano haces tal o cual cosa para Navidad igual los Reyes te lo traen”.

Por favor, intentemos no quitarles a nuestros hijos ese derecho. El derecho de tener ilusión por algo. No matemos esa ilusión comprando el regalo nada más intuir que al niño o a la niña “les podría” hacer ilusión ese regalo. Esperemos. Los niños pedirán lo que quieren, y nos lo harán saber. Nuestro papel es canalizar ese deseo y esperar pacientemente. Esperar a que lo pidan 2 y 3 veces. Sólo después de que expresen su deseo más de una vez, y después de una espera razonable nos aseguraremos que reciban su regalo con la ilusión que corresponde.

No regaléis aquello que os hace ilusión a vosotros