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El sentido de la vida

Hace poco cenamos un grupo de amigos en un restaurante. La conversación iba saltando de un tema a otro, hasta que -no sé bien cómo- empezamos a hablar de Dios. ¿Qué es Dios? ¿Existe Dios? ¿Cómo explicamos el concepto Dios a nuestros hijos? ¿Sómos los únicos seres que entendemos el concepto Dios porque somos los únicos en ser conscientes de que algún día moriremos? ¿Qué nos espera después de la muerte? Entonces un amigo lo espetó a bocajarro: “Y…entonces ¿cuál es el sentido de la vida?“.

He aquí una historia real, como habrá muchas otras, que puede ayudar a contestar esa pregunta:

“Finales de los sesenta. Dos americanos conducen por las cordilleras del Himalaya en busca de un gurú, Neem Karoli Baba. La noche se les echa encima y deciden parar. Uno de ellos, Richard Alpert,  doctor en Psicología, contempla las estrellas antes de acostarse y piensa en su madre, fallecida unos meses antes.

A la mañana siguiente reanudan el viaje, y al cabo de unas horas llegan a un templo, en el que vive el gurú. El otro americano se postra en el suelo y en señal de respeto le toca los pies al gurú. Richard Alpert permanece de pie, con las manos en los bolsillos, todavía receloso. Él no piensa arrastrarse ni tocarle los pies al gurú. Hay un momento de silencio. De repente Neem Karoli Baba le dice a Alpert: “Ayer pensaste en tu madre. Está bien”. El corazón del americano se ablanda, y empieza su conversión.

Richard Alpert se convirtió en aquella época en “Ram Dass“, el nuevo nombre que le dio Neem Karoli Baba, también conocido como Maharajji. “Ram” significa Dios. “Dass” significa sirviente.

Ram Dass

Ram Dass

Ram Dass ha dedicado desde entonces su vida a hablar de espiritualidad y de conciencia. Pasó de ser un profesor de psicología en Harvard interesado en los efectos de las drogas psicodélicas en el comportamiento humano y en la expansión de la mente (él y Timothy Leary, también profesor en Harvard, fueron expulsados por sus experimentos con el LSD) a ser un líder espiritual contemporáneo.

Escribió el popular libro “Be here now“, la biblia de muchos hippies, y semilla de todo el movimiento que después ha venido de libros New Age y de autoayuda.

Pero volvamos a los pies de las montañas del Himalaya, donde Maharajji era entonces el gurú, y un puñado de americanos peregrinaban a finales de los 60 e inicios de los 70 para conocerle, y encontrar la manera de expandir sus conciencias sin necesidad de recurrir a sustancias psicotrópicas.

Maharajji lo sabía todo sobre todo el mundo, y no quería nada de nadie. Aparentemente era un sabio desde ya la tierna edad de 17 años. No dejó nada escrito, ni tuvo ningún cargo público. Era un sadhu (un santón) que andaba descalzo de templo en templo y cuya única posesión era un cuenco de barro en el que comía y con el que pedía limosna, y una manta a cuadros para refugiarse del frío. Si tenía que viajar, simplemente caminaba. Si podía coger un tren, lo cogía, sino seguía a pie. Sus enseñanzas las impartía conversando en grupos pequeños, o individualmente. Y nunca le dijo a nadie qué tenía qué hacer. Maharajji dejaba que sus seguidores llegaran a sus propias conclusiones en referencia a lo espiritual, haciendo preguntas y comentarios. No está en la naturaleza del Hombre el cambiar sus opiniones morales o su ética en un momento, como quien enciende un interruptor de la luz. Él plantaba una semilla que iba germinando poco a poco, a lo largo del tiempo. Un cambio genuino y de corazón que le permitía al devoto seguir el camino correcto como si lo hubiera escogido él.

Son centenares las personas que dicen que recibieron de él un Amor infinito, y de esa manera tan sutil, la respuesta precisa que necesitaban en aquellos momentos de búsqueda. Muchas historias de Maharajji las he podido leer en este libro, “Barefoot in the heart“, que recoje historias de aquellos que trataron con él, hasta su muerte en 1973.

Sus devotos seguidores le intentaban agasajar con regalos o con favores. Pero no quería regalos, y no podías hacer nada por él. Lo único que quería era que la gente fuera libre, feliz y se quisieran unos a otros.

Neem Karoli Baba, aka  "Maharajji"

Neem Karoli Baba, aka as Maharajji

Un día Ram Dass se acercó a Maharajji y le preguntó: “Maestro, ¿cuál es el sentido de la vida?” Maharajji le dijo : “Serve people, feed people“.

Los que fueron buscando una respuesta tan lejos de sus hogares resulta que hallaron a un ser magnífico y brillante, que les decía que el sentido de la vida es Amar y Ayudar a los demás.”

Por lo que me han explicado, es lo mismo que también predicaba otro santón que se paseaba con una túnica y su barba por los desiertos de Galilea y Judea.

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Más información para quien esté interesado:

11 razones por las que es mejor tener cuarenta que veinte

La juventud está sobrevalorada. La mejor edad son los cuarenta. O los cincuenta. Espero que también estén bien los cincuenta. Pero los cuarenta son geniales. Yo diría que “los cuarenta son los nuevos treinta”.

Sí, es cierto que con veinte años tienes la piel suave y tersa. Y si uno repasa fotos se ve más delgado y hasta atlético. Supongo que tu yo veinteañero te podría ganar en una carrera de 100 metros descalzos por la playa contra tu yo cuarentón. Sin embargo hay un montón de cosas que son mucho mejores a los cuarenta:

  1. La primera que me viene a la mente es que (si tienes hijos) has experimentado el más puro amor que se puede albergar. El amor por los hijos. Un amor sin contrapartidas ni intereses.
  2. Las hormonas están bajo control.  Ya no haces tonterías para gustarle a las chicas. Tu sentido del ridículo te lo impide. Ya no caminas por la calle pensando cada vez que te cruzas con una chica guapa: “Esa chica es guapísima. ¡Cómo me gustaría salir con ella!”.
  3. La ambición está bajo control. Cuando tienes veinte eres ambicioso. Crees que te comerás el mundo. Siempre elucubrando sobre el futuro. Igual fue un estigma de mi generación. Siempre pensando si tendría un buen trabajo. Si ganaría suficiente. Preocupado por estar a la altura de las expectativas. Con cuarenta abrazo la teoría del ahora. Lo que importa es el ahora. Hay un libro que he visto recomendado en varias fuentes: “The power of now”, de Eckhart Tolle. Un superventas en los USA. Lo tengo en mi lista de lecturas pendientes. Habla de la importancia de no mirar al pasado, ni preocuparnos demasiado por el futuro. ¿De qué sirve lamentarse de lo que ocurrió o no ocurrió? ¿Por qué preocuparte de lo que vendrá? Aprovechando el hoy y siendo consciente de cada minuto le sacamos más jugo a la vida.
  4. Ya no necesitas la aprobación de nadie. La principal aprobación que buscas es la tuya. Si todavía buscas la aprobación de tus padres, de tus jefes, de tus amigos, entonces es que todavía no tienes cuarenta. Por lo menos, no mentalmente.
  5. Ya no haces cosas que no te gusta hacer. Por ejemplo salir a la discoteca sólo porque todos tus amigos van. No hace falta trasnochar y deambular toda la noche por la calle hasta ver amanecer aunque te estés aburriendo soberanamente, sólo porque se lo contarás a todos al día siguiente, o porque creas que si lo haces serás un tío.
  6. Con cuarenta ya no aguantas conversaciones banales ni gente que no te interesa. Yo ahora tengo una excusa genial: cuando una conversación de adultos me aburre me separo discretamente y con la excusa de controlar a las niñas me retiro a jugar con ellas. Es una buena excusa, y me sirve para no aguantar palizas.
  7. Es verdad que tienes menos potencia y explosividad, pero ganas en resistencia y en poder mental. Como tu cuerpo no aguanta lo mismo, y eres más consciente de lo que le cuesta digerir y procesar la comida y el movimiento, empiezas a cuidarte conscientemente. Esa dedicación al cuidado del cuerpo (no hablo de machacarte en el gimnasio cuatro horas al día o someterte a cirugía estética,  hablo de salir a andar o correr con cierta asiduidad y quizás hacer una tabla sencilla de ejercicios de estiramiento y flexibilidad, pilates o yoga) te mantiene alerta y en comunión con la mente. Ya lo decían los romanos “mens sana in corpore sano”.

    Ella ya tiene más de 40

  8. Puede ser que con cuarenta todavía no sepas exactamente qué es lo que quieres en la vida, igual que a los veinte. A mí todavía me pasa en muchos aspectos. Pero por lo menos tienes bastante más claro, qué es lo que no quieres bajo ningún concepto.
  9. En mi caso, los cuarenta están coincidiendo con una época minimalista. Cada vez deseo menos cosas. Menos posesiones. Menos preocupaciones. Menos expectativas. Es curioso. Estoy leyendo la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson. Ese tocho que habréis visto en las librerías con la cara de Jobs en primer plano. El primer slogan publicitario de Apple, allá a inicios de los 80 era “la sencillez es la máxima sofisticación”. También me he enterado por el libro que la máxima “menos es más” era un predicamento de la escuela Bauhaus de diseño, representada por Walter Gropius y Ludwig Mies van der Rohe. Parece ser que Jobs era un admirador de dicha corriente, que defendía un diseño sencillo y funcional, con líneas y formas muy nítidas pero con gran expresividad. Cosas para cuarentones, vaya.
  10. Tienes una experiencia y un bagaje que para sí quisiera un veinteañero. Has experimentado decepciones, fracasos, dolor, y ocasionalmente algún pequeño éxito. Te ha dado tiempo a darte cuenta de que la vida es esencialmente un manto de frustraciones salpicado por puntuales momentos de gozo. Ya asumes que la mayoría de cosas salen mal, o simplemente no salen. Es el precio que hay que pagar para que ocasionalmente algo se convierta en una satisfacción.
  11. Con cuarenta te das cuenta de lo poco que importa el dinero. Cuando tienes veinte todo lo mides en dinero. Quieres ser millonario. Tener un buen coche. Una casa grande con piscina. Poder ir de vacaciones a remotos lugares. Comprarte la ropa que se te antoje. Cambiar de vestuario a menudo. Tener de todo lo mejor. ¿sabéis cuál es ahora mi mayor deseo? No tener deseos.

    Mi mayor deseo, no desear nada.

La maravillosa historia de Helen Keller

Hace años que no escucho ningún chiste sobre los de Lepe. Debe ser la corrección política imperante. Antes había chistes sobre los de Lepe, sobre Fernando Morán (ex-ministro de Exteriores con Felipe González), sobre “mongolitos“, chistes gruesos e injustos sobre alguien con la excusa de excretar una carcajada.

Cuando llegué a Wisconsin, USA, siendo un impúber de 14 años, los chistes allí se hacían a costa de una tal Helen Keller. Por lo que deduje, una sencilla mujer ciega. “How did Helen Keller’s parents punish her? They moved the furniture” o “How did Helen Keller burn her ear off? Answering the iron!” o “Why can’t Helen Keller drive? Because she’s a woman“. Es curioso como uno aprende chistes de Helen Keller y deja que pasen años antes de tener curiosidad sobre quién era aquella figura sobre la que se reían paletamente todos los compañeros de clase.

Hace poco he podido leer en inglés (lo podéis bajar aquí) el libro “The story of my life” de Helen Keller, y me he quedado maravillado con su autobiografía.

Helen Keller nació en Tuscumbia, Alabama en 1880, en el seno de una familia sureña acomodada, como una preciosa niña blanca destinada a vivir una existencia feliz rodeada de sirvientes, en un entorno parecido al de la película “Lo que el viento se llevó“. Pero a los 19 meses de vida sufrió una grave enfermedad poco conocida en la época, que los médicos dieron en llamar “congestión aguda del estómago y del cerebro”, pero que pudo haber sido escarlatina o meningitis. La enfermedad la dejó ciega y sorda, inmersa en un mundo de oscuridad y asilamiento para el resto de sus días. Y sin haber siquiera adquirido la capacidad del lenguaje.

Helen Keller con birrete

A pesar de sus discapacidades H.Keller se graduó en la Universidad, escribió varios libros y daba conferencias por todo el mundo.  Además fue activista política en favor del sufragio femenino, de causas pacifistas, y fue miembro del Partido Socialista de América. Murió en 1968.

El episodio en el que describe cómo aprendió (a los 7 años) que existía una palabra para cada cosa es sobrecogedor. Cuenta que todo le hizo “clic” en el cerebro cuando su maestra (Anne Sullivan), recién llegada de Washington hacía unos días, -y que iba a compartir con ella a partir de entonces prácticamente todas las horas del día-, le puso una mano bajo una fuente de agua y mientras el líquido la acariciaba, le “deletreó” con sus dedos los signos de la palabra “w-a-t-e-r” en la palma de la otra mano.

No creáis que la cosa fue inmediata. Previamente la maestra invirtió muchos días y semanas en tratar de que la niña captara que las cosas tenían nombre. En que tocara una jarra, y en transmitirle “m-u-g”, o en que cogiera una muñeca y dibujarle en la mano las letras “d-o-l-l”. Hasta que finalmente el episodio del agua, le abrió un nuevo mundo a Helen.

Más tarde cuenta cómo le costó aprender las palabras para conceptos abstractos, como por ejemplo “amor”:

I remember the morning that I first asked the meaning of the word “love”.[…] “What is love?” I asked. She [la maestra] drew me closer to her and said “It is here” pointing to my heart, whose beats I was conscious of for the first time. Her words puzzled me very much because I did not then understand anything unless I touched it.

Finalmente lo consigue cuando Miss Sulivan le logra trasladar el significado de la palabra “piensa“. Helen estaba concentrada insertando bolitas en una cuerda, como para hacer un collar. Las bolitas eran de diferente tamaño y las estaba colocando en grupos simétricos – 2 grandes, 3 pequeñas, etc.-. La niña comete muchos fallos, y su maestra se los hace notar, una y otra vez, pacientemente. De repente Helen se da cuenta de un error obvio e intenta corregir la secuencia de bolas. En ese momento Miss Sullivan le toca la frente:

Miss Sullivan touched my forehead and spelled with decided emphasis “Think”. In a flash I knew that the word was the name of the process that was going on in my head. This was my first conscious perception of an abstract idea.

El libro repasa los hitos más importantes en la educación de Helen Keller y es una auténtica delicia ver cómo con paciencia y cariño, su maestra va iluminando el mundo interior de la pequeña niña. Además, la lectura -ya podéis ver- es en un inglés muy sencillo y si queréis practicar el idioma es un texto muy adecuado, si tenéis un nivel intermedio.

Leyéndole los labios al Presidente Eisenhower

Como no podía ser de otra manera, voy a acabar esta entrada escribiendo las cosas que he aprendido leyendo la maravillosa autobiografía de Helen Keller:

  1. La superación, sin importar cuán difícil parezca todo a tu alrededor, es el único camino. ¿qué otra alternativa tenía Helen Keller? Podía haberse limitado a sobrevivir. Respirar. Comer. Dormir. En vez de eso, ella escoge vivir. Superarse un poco cada día. Aprender algo nuevo, y avanzar.
  2. La curiosidad por las cosas, por la naturaleza, es el motor de la educación. Helen Keller tiene una curiosidad innata por salir al jardín de su casa sureña y tocar las flores, olerlas, subir a los árboles, sentir cómo pica el sol en la piel en verano y cómo moja nuestro cuerpo la lluvia.  A partir de aquí y teniendo los rudimentos del lenguaje suficientes para comunicarse con su maestra, va avanzando en su educación. Sin un programa establecido. Siguiendo como guía su interés por las cosas y su pasión por la vida.
  3. Un rico mundo interior. Keller es un ejemplo sobre una persona que no tiene acceso al mundo exterior, sin sentido de la vista ni del oído, y sin embargo, es capaz de vivir una vida plena, crear e inspirar a otros. A pesar de que nosotros veamos y oigamos, cultivemos también ese mundo interior. Una dimensión fundamental de nuestra experiencia vital.
  4. Los demás te ayudarán si tú te dejas ayudar. Es notable cómo Keller reconoce que antes de la llegada de su maestra, era una niña irascible y caprichosa, que no tenía sentimientos de pena ni de compasión. Que se enfadaba mucho y tenía ataques de ira. Con frecuencia tiraba las cosas y las rompía. Era su frustración por no poder comunicarse. Tampoco podía pedir ayuda. Sin embargo, en cuanto alguien le tiende una mano, y empieza a pasar tiempo con ella y a mostrarle el mundo, ella florece y empieza a disfrutar de la vida.
  5. Contribuye. Parece que alguien con las limitaciones de Helen Keller hubiera tenido suficiente con llevar una vida recogida y privada. Ya sólo eso hubiera sido un éxito. Sin embargo, Helen escribe, crea, da conferencias y elige defender ciertas causas que cree justas. En definitiva, contribuye. Si alguien como H.Keller puede contribuir, nosotros estamos obligados a poner siquiera un granito de arena. Por los demás.

    El homenaje de Correos

  6. No tengamos prisa con nuestros hijos. Helen Keller es consciente de que cada objeto tiene una palabra, por primera vez a los 7 años. Esta mañana, mi hija (en noviembre hará 7 años) está haciendo los deberes aquí a mi lado mientras escribo estas líneas, y está haciendo sumas y restas de varias cifras, resolviendo problemas de aritmética sencillos, y puede leer un texto y entenderlo. Y a pesar de todo, parece que ya está en una carrera frenética del sistema educativo, y parece que si se pierde un día de clase, o una semana, se quedará rezagada respecto a sus compañeros de clase. Rezagada en una carrera, ¿adonde? ¿No sería mejor que no fuéramos tan deprisa? Nuestros niños acabarán aprendiendo igualmente. Y aprenderán aquello que les interese y les despierte su curiosidad. A ver si por ir tan deprisa nos dejamos en el tintero encontrar aquello que despierte su curiosidad y su pasión.
  7. Hablemos a nuestros hijos como lo que podrían llegar a ser. Hay una frase del libro que explica cómo se dirigía la maestra a Helen:

From the beginning of my education Miss Sullivan made it a practice to speak to me as she would speak to any hearing child; the only difference was that she spelled the sentences into my hand instead of speaking them.

La maestra no le escatimó a la niña sordo-ciega ninguna explicación, ninguna enseñanza, ninguna experiencia que le hubiera dado a cualquier otro niño con sus capacidades íntegras. Le habló de conceptos abstractos, hasta que los entendió. Fueron a la ópera. E hicieron cosas con normalidad. Eso hizo que Helen Keller llegara a ser quien fue. Apliquemos la misma regla a nuestros hijos. No les escatimemos ninguna experiencia, por mucho que pensemos que no la aprovecharán, o que algo no se les da bien. Mostrémosles todas las vertientes de la realidad, y hablémosles como las personas maduras que llegarán a ser, pues ese es -sencillamente- nuestro papel.

Con JFK