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Mi constitución personal

Artículo 1. Me llamo Rolando Latorre. Nací en Barcelona en 1971, hijo de mi padre y de mi madre. Tengo dos hijas. Esto no se puede cambiar. Todo lo demás puede estar sujeto a cambios.

Artículo 2. Soy optimista. Intento ver los aspectos positivos de todas las cosas, aunque sean adversidades.

Artículo 3. No intento cambiar a los demás. Reconozco que no tengo energía para hacerlo, y además no creo en ello, de igual manera que no me gusta que me intenten cambiar a mí.

Artículo 4. Creo en la responsabilidad individual.

Artículo 5. No me quejo. Si algún aspecto de mi vida no me gusta o me incomoda, pienso honestamente qué puedo hacer yo (sin cambiar a los demás) para solventar/evitar esa situación.

Artículo 6. Nunca hago cosas que no me apetece hacer, salvo por algún motivo de fuerza mayor.

Artículo 7. No aguanto a personas que no me aportan nada, más allá de los meros intercambios cotidianos.

Artículo 8. Hago un esfuerzo por relacionarme con personas que tengan visiones positivas del mundo.

Artículo 9. No tomo decisiones importantes en momentos de intensidad emocional.

Artículo 10. Ante una decisión escojo, de entre las posibles alternativas hoy, aquella que  vaya a acercarme más a donde quiero estar dentro de un año.

Artículo 11. Confío en los sistemas para gobernar mi vida. Reconozco que soy más productivo-feliz cuando sigo un procedimiento.

Artículo 12. Cada día doy pasos encaminados a mejorar en los siguientes aspectos: salud (dieta y ejercicio), mente (tener ideas y anotarlas), y relaciones.

Artículo 13. Dejo tiempo para desarrollar la espiritualidad.

Artículo 14. Intento ser puntual, porque respeto el tiempo de los demás.

Artículo 15. Intento de una manera sincera no criticar ni dañar a los demás. No obstante, no puedo controlar la reacción de otras personas a acciones que principalmente me afectan a mí, y por tanto no me preocupo por ello.

Artículo 16. Si es necesario digo NO. Reconozco que saber decir NO a tiempo puede ahorrar tiempo y disgustos, a pesar de que muy ocasionalmente deje una oportunidad por el camino. Afortunadamente, surgen nuevas oportunidades cada día.

Artículo 17. No creo en las noticias. Intento no estar condicionado por “la actualidad”. Hace años que absorbo información. Es hora de empezar a emitir.

Artículo 18. Soy crítico-escéptico. Ante una teoría que se me pueda plantear o una recomendación que me puedan hacer, intento poner los medios para probarla por mí mismo, para sacar mis propias conclusiones.

Artículo 19. Soy minimalista. Intento no acumular. Intento desprenderme de posesiones materiales y compromisos, salvo los que me lleven a un mayor desarrollo personal. Desprenderme de cosas es otorgarle libertad a mi mente.

Artículo 20. Intento ayudar a los que piden ayuda honesta y sinceramente.  Ayudar a alguien que tiene los recursos necesarios para ayudarse a sí mismo es hacerle un flaco favor. Es fomentar la dependencia. Este artículo es especialmente aplicable a los miembros de mi familia.

Artículo 21. Intento no pedir ayuda a nadie nunca. No siempre lo consigo.

Artículo 22. Doy gracias a la Naturaleza por estar aquí hoy y poder escribir esta Constitución Personal.

No juzguéis, no critiquéis

Es tarde por la noche y las niñas tienen que acostarse. El juego de siempre, las 3 P’s: pijama, pipí, piños. El ritual de cada noche. Bueno…de casi cada noche. Ahora en verano, muchos días caen rendidas por la noche, y digamos que en vez de las 3 P’s sólo llegamos a 2, o incluso a 1 mísera P.

A veces también añadimos un cuento, muchas veces leído. Pero de vez en cuando gritan como locas: “¡¡¡cuento inventado!!!” y me miran con una enorme sonrisa y la esperanza de que me invente un cuento en ese mismo momento. …”y que sea divertido, papi”.

La primera vez que les conté un “cuento inventado” fue un completo desastre. De ahí que ahora remarquen “y que sea divertido”. Así que ya he aprendido la lección, y tengo un “buffer” de cuentos en la cabeza. El otro día hice como que me “inventaba” el cuento del elefante y los 3 sabios. Apagamos la luz del dormitorio, y empecé. El cuento,  dice, más o menos, así:

“Érase que se eran tres hombres muy sabios, que vivían en tres puntos distantes, y que tenían una peculiaridad física: eran ciegos de nacimiento. Los tres buscaban el “Sagrado Elefante Blanco”.

Un día, tras años de intensa búsqueda, finalmente hubo suerte, y los tres oyeron de la presencia inminente del Sagrado Elefante Blanco, y fueron a su encuentro.

Mientras el Elefante estaba plácidamente tumbado, uno de los sabios se agarró fuertemente a la trompa, cayendo de inmediato en un éxtasis profundo. Otro de los sabios, con los brazos completamente abiertos, se abrazó con muchísima fuerza a una de las patas del paquidermo, y el tercero se aferró amorosamente a una de sus grandes orejas.

Para ellos, la experiencia fue sublime. Después de aquello, cada uno de ellos volvió a su aldea, profundamente trastornado. Cada uno de ellos relató y compartió sus experiencias con sus vecinos.

Algo extraño empezó a ocurrir: un día se encontraron para hablar sobre la Verdad.

El que experimentó la trompa comenzó a decir:
– La Verdad (refiriéndose al Sagrado Elefante Blanco) es larga, rugosa y flexible.

El otro sabio, el que experimentó con la pata del elefante, manifestó:
– La Verdad es dura, mediana, como un grueso tronco de árbol.

El tercer sabio, que experimentó con la oreja del paquidermo, dijo:
– La Verdad es amplia, fina, y se mueve con el viento.

Los tres, aunque sabios y buenas personas, no se entendían, no se comprendían y decidieron marcharse cada uno por su lado. Los tres se dedicaron a predicar su Verdad, y crearon 3 grandes religiones que se expandieron muy rápidamente.

Los tres sabios habían tocado la Divinidad, aunque no en su totalidad. No pudieron percibir su amplitud, al experimentar una parte, no el Todo.”

Llegados a este punto yo creo que las niñas ya estaban dormidas, así que seguramente que esta parte la susurré únicamente para mí:

“Los hombres nunca lo sabemos todo. Siempre habrá algo que se nos escapa. Niñas… no juzguéis. No critiquéis. Tened en cuenta que ni siquiera los grandes sabios conocen toda la Verdad.”

Y allí me quedé, pensando en la oscuridad del cuarto, cómo una vez más, tener hijos te ayuda a entender mejor el mundo.

Siempre se nos escapará algo

Siempre se nos escapará algo

 

Empieza HOY a escuchar a tus hijos

Blanca (casi 4 años) siempre pregunta: “¿Hoy es mañana?“. Vaya tontería de pregunta. “Blanca, a ver… Hoy es hoy, mañana será mañana. ¿lo entiendes?“. Al principio no captaba la profundidad de la pregunta. Pero parad a pensarlo un minuto. La cosa tiene su miga. Blanca entiende que cuando le digo: “Eso lo haremos mañana”, al día siguiente ya estamos en “mañana”. Ella llega a mañana al día siguiente, mientras que para los adultos, cuando amanece un nuevo día, “mañana” sigue siendo un futurible. Nosotros nunca llegamos a “mañana”.

Blanca ya ha descubierto, a su tierna edad, que “mañana” siempre se acaba convirtiendo en “hoy”.

Entre nuestras labores de padres se supone que está el preparar a nuestros hijos para ese “mañana”, dándoles las herramientas necesarias para tomar acertadamente las decisiones más importantes de su vida, que ni el colegio ni la universidad les enseñará.

Las decisiones más importantes van a ser invariablemente las mismas que nosotros hemos debido afrontar:

  1. A qué te vas a dedicar.
  2. Con quién vas a compartir tu vida.
  3. ¿Vas a tener hijos? ¿Cuántos? ¿Cómo los educaré?
  4. Dónde voy a vivir
  5. Cómo deseo contribuir a los demás.

La respuesta a estas preguntas sólo puede derivarse del conocimiento profundo de uno mismo. Con los miles de horas que se dedican a seguir planes de formación y programas académicos en los centros educativos, no hay ni un minuto dedicado a hablar con los alumnos uno a uno sobre sus expectativas, sus deseos, sus metas, sus aficiones, su carácter. En definitiva, qué quieren hacer con sus jóvenes y preciosas vidas.  Parece que ésa sea una labor ya de antemano dejada a los padres.

Los padres (cuando digo padres me refiero a padres y madres, es un tema de economía del lenguaje, no se vaya a enfadar alguien) estamos muchas veces tan ocupados con nuestras cosas que no encontramos el momento de sentarnos a conversar con nuestros hijos sobre estas cosas más trascendentales.

Podemos caer en la visión reduccionista de que llegará un día, cuando nuestros hijos tengan 18 años en que tendremos una conversación cara a cara con ellos, en la cual nos revelarán todas las aristas de su personalidad y en la cual nosotros les aconsejaremos sabiamente sobre lo que más les conviene en la vida. Pero señores, eso no va a ocurrir.

Esa conversación reveladora es la que tenemos que currarnos cada día, estando a su lado, escuchándoles en sus preocupaciones, en sus temores, en sus anhelos, y en su visión del mundo. Es un trabajo de muchos años (ser madre es duro, ya lo sabías) a base de tener la antena puesta e ir dejando caer reflexiones aquí y allá. Para que ellos mismos vayan planteándose la relevancia de las cosas importantes. Las de verdad importantes. ¿Cuál es la alternativa? Pues centrarnos exclusivamente en el día a día, hasta encontrar un día en que nuestros hijos ya hayan tomados las decisiones más importantes de sus vidas, habiéndolo hecho (como mucha gente antes que ellos) prácticamente sin pensar.

Mis hijas son todavía muy pequeñas (7 y 4) pero me doy cuenta de la importancia de empezar YA. Habla con tus hijos cada día (o todo lo que puedas) a un nivel profundo, que vaya más allá del “recoge ésto“, “ponte a hacer los deberes“, “no pegues a tu hermana” o “ponte las zapatillas“. A mí me gusta el momento en que ya están acostadas, arropaditas en su cama, y listas para dormirse. Entonces les pregunto cosas como:

  • “¿Eres feliz?”,
  • “¿Qué es lo que más te gusta hacer en el cole?”,
  • “¿Qué cosas te gustan más de tus amigas?”,
  • “¿Qué te hace sentir mejor, recibir un regalo o entregarlo?”,
  • “¿Qué cosas buenas tiene un día de lluvia?”,
  • “¿Por qué crees que en la Naturaleza hay animales que matan y otros que mueren?”,
  •  “¿Qué pasaría si nos tuviéramos que mudar a otra ciudad?”,
  • “¿Qué te gustaría ser de mayor?”.

Luego intento callar, y escuchar. Sólo escuchar. Con un poco de suerte, al final, dentro de mucho tiempo, cuando ellas mismas se hagan las preguntas,  sabrán contestarse solas.

 

La mochila ligera y la atención focalizada

Todos llevamos cotidianamente un equipaje a la espalda. Unas maletas, una mochila que cargamos en la vida. En diferentes épocas la mochila va más vacía o más llena. Cuando somos pequeños nos colocan la mochila nuestros padres y nos la van llenando con lo que ellos consideran que nos va a ayudar en el futuro.

Hoy en día los niños llevan unas mochilas bastante prominentes y algunos van a desfallecer y caerse en cualquier momento. Demasiada carga. Demasiadas actividades. Demasiadas responsabilidades y compromisos. Lo bueno de ser niño es que uno casi no debería llevar carga. Un paquetito ligero. Ya llenaremos la mochila más adelante, a medida que nos haga falta.

Cuando eres estudiante te llenas tu propia mochila, a lo mejor te planteas dejar la mochila que llevas en el suelo, y coger otra totalmente diferente, que te irá mejor para el tipo de viaje que te dispones a emprender. Supongo que nunca es tarde si quieres cambiar de mochila. Mejor eso, que arrastrar una carga que se te haga insoportable.

Cuando eres padre hay cosas en tu mochila que no puedes abandonar, como el tiempo y la atención que requieren tus hijos. Puedes escoger que tus hijos ocupen más o menos espacio en tu mochila, pero seguramente, deberías dedicarles una buena parte de tu atención, porque no tardarán mucho en ser ellos los que quieran saltar de tu mochila y renunciar a tu atención y cuidados.

En general nuestra tendencia natural es a ir cargándonos de proyectos y actividades, ya sea porque nos parecen divertidas o estimulantes o inspiradoras. O porque pensamos que nuestra aportación podría ser muy apreciada por los demás. A mí, por ejemplo, me encantaría aprender chino, ir a la playa a nadar cada día, aprender a programar o grabar unas cuantas canciones con el GarageBand, pero debo elegir qué meto en la mochila, y todo no me cabe. Antes sufría e intentaba llenar mi agenda de cosas, siempre me daba la sensación de que me estaba perdiendo algo, y nunca decía no a cualquier nueva propuesta que era más una prioridad de quien me la proponía que mía.

Es importante llevar una carga moderada. Cuando uno se hace mayor, creo que una de las habilidades más importantes que debemos desarrollar es la de detectar rápidamente aquel paquete que nos pesa demasiado dentro de nuestra mochila. Ser consciente de que no podemos cargar de todo. Si lo hacemos podemos hincar la rodilla y la moral en el suelo.

Llegados a la cuarentena ir ligeros de equipaje es importante, casi tan importante y complementario a desarrollar una capacidad o habilidad que no se tiene hoy en día en alta estima: focalizarse.

Focalízate !

Yo no sé quién se inventó lo de la multi-tarea. Bueno, supongo que los fabricantes de chips de ordenadores. Y la verdad es que para las máquinas el concepto está muy bien. Un procesador multi-tarea se supone que puede acometer varias operaciones o algoritmos “simultáneamente”, o sea aprovechando los nanosegundos de parada en los cálculos de una tarea va avanzando en otra, y así, a nosotros nos parece que trabaja simultáneamente en dos o más cometidos.  Pero nosotros somos humanos, tenemos un cerebro muy primitivo, y no podemos dispersar nuestra atención en muchos frentes. A mí me ocurre que hay mañanas que me enfrento a varios mini-proyectos, y no acabo de avanzar satisfactoriamente en ninguno. Sin embargo, si me “focalizo” en un sólo asunto y le dedico un buen par de horas ininterrumpidas, la productividad es mucho mayor.

Este verano he leído las “Cartas filosóficas” de Lucio Anneo Séneca, el filósofo estoico. Increíble la sabiduría que ya desarrollaban los prohombres de hace dos mil años, e increíble la moderna validez de algunas de sus afirmaciones. Parece un libro moderno de autoayuda. En un capítulo trata de la mono-tarea. Los estoicos ya lo tenían claro.

Una digresión: me hace gracia leer las notas explicativas del texto, en el que a veces ocurre que la traducción difiere según los expertos, debido a que el manuscrito hallado está deteriorado en alguna parte o página y tratan de “adivinar” el inicio o el final de una frase o un párrafo, basándose en referencias a la obra de otros autores de la época o simplemente en suposiciones. Te das cuenta de lo azaroso (de azar) de que nos hayan llegado algunas obras y otras no.

Pero en este fragmento no hay duda, cuando Séneca habla de la necesidad de no dispersarse (le habla a su amigo Lucilio en segunda persona):

“Evita este escollo: que la lectura de muchos autores y de toda clase de obras denote en tí una cierta fluctuación e inestabilidad. Es conveniente ocuparse y nutrirse de algunos grandes escritores, si queremos obtener algún fruto que permanezca firmemente en el alma. No está en ningún lugar quien está en todas partes.

[…] Nada impide tanto la curación como el cambio frecuente de remedios; no llega a cicatrizar la herida en la que se ensayan las medicinas; no arraiga la planta que a menudo es trasladada de sitio; nada hay tan útil que pueda aprovechar con el cambio. Disipa la multitud de libros; por ello, si no puedes leer cuantos tuvieres a mano, basta con tener cuantos puedas leer.”

Ya lo decía el filósofo en el año 64 d.C.: que tu biblioteca no sea más grande que los libros que hayas leído. Lee poco y bueno. Focalízate. No picotees de aquí y de allí. Céntrate y haz una cosa cada día. Avanza en una dirección.

Hay estudios modernos que dicen que los conductores que hablan por el móvil tienen el mismo porcentaje de accidentes que los que van bebidos. Confesadlo: si estáis absortos en el ordenador (mirando el Facebook o Twitter, claro) y vuestra mujer os da instrucciones detalladas sobre algún cometido doméstico: ¿cuál es el porcentaje de cagarla al poner la lavadora o acertar con los elementos de la lista de la compra? Altísimo ! :-) Otro ejemplo: ¿Os ha sonado el móvil alguna vez mientras pagábais la compra a la cajera del supermercado? ¿Hay algo más tonto que un tío hablando por el móvil mientras tiene que pagar, recibir el cambio, coger el ticket y cargar las bolsas en el carrito? No cojáis el móvil. No hagáis multi-tasking.

No te lo recomiendo

Yo estoy intentando eliminar la multitarea. Cuesta. Si juego con mis hijas, voy a intentar que sea al 100%. Si friego las sartenes: que sea al 100%. Si hablo por teléfono: al 100%, sin distracciones. Si escribo este blog….espera… que quito la radio !…Ahora ya estoy al 100%….Mmmmm….. Casi que mejor paso a otra cosa.