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Cómo superar el miedo escénico

Vaya por delante que yo todavía debo lidiar a veces con el miedo escénico. Que no siempre lo domino y que tampoco me tengo que enfrentar a él cada día (afortunadamente). Así que seguramente me falta práctica. Sin embargo, sí que lo he visto de cerca y creo que lo que aquí expongo puede ayudar a quien se tenga que enfrentar a alguna situación de las que le tensan a uno el estómago.

Puede ser dar una charla en público, actuar (cantar o tocar) para una audiencia,  o simplemente tener que pasar un examen oral (debería haber más en nuestro sistema educativo). Son momentos tensos, pero que hay que pasar. Pensad que normalmente esa tensión nos hace estar concentrados y alerta al 100%. La sangre fluye veloz por las venas y nuestros sentidos perciben mejor y son más precisos.

Hay gente que, de natural, se siente atraída por la luz del foco (the spotlight). Gente que disfruta actuando ante la masa. Artistas de nacimiento. Gente con un don. Aunque lo normal es lo que me pasa a mí: que intentes evitar esos momentos y que cuando los tengas enfrente, una gota de sudor frío cruce tu sien.

Sudor frío, miedo escénico

Estas son algunas técnicas que te pueden ayudar a superar el miedo escénico:

  1. Por supuesto, lo primero y principal: domina lo que haces. Es de perogrullo, pero la primera medida que contribuye a rebajar el estrés ante una cita en escena es haberte preparado a conciencia. Si uno debe dar una charla, tienes que dominar aquello de lo que vas a hablar, y si no, por lo menos, debes haber preparado la sesión con detalle casi enfermizo. Un buen orador ensaya sus conferencias, incluso es buena práctica grabarse en vídeo, y someter al análisis y evaluación de un tercero cómo lo haces. Si eres un concertista, nada habrá que te dé más seguridad que saber la partitura de memoria (o casi) después de haber ensayado esa pieza innumerables veces. Si uno domina lo que hace raramente aparecerá el miedo escénico. Si aún así se da un paseo y decide mostrarse, podemos recurrir a los demás puntos que aquí menciono.

  2. Visualiza el momento después. Imagina lo relajado y satisfecho que uno se siente después de un momento así. Sentirás la satisfacción del trabajo bien hecho, y el alivio de haber contribuido con tu talento a que otros hayan pasado un momento agradable. Imagina el resultado y cómo te vas a sentir. Lo que hay entre el ahora y el momento después es puro trámite.

  3. Imagínate qué es lo peor que podría suceder. Imagina que te quedas en blanco. Que se te paraliza el hipotálamo y que te quedas absolutamente bloqueado. Pasarán unos segundos tensos, pero todo tiene un final, y así retomarás tu hilo discursivo, o tu canción, o el chiste que estabas contando o lo que sea que tengas que hacer enfrente de la gente. ¿A qué no es tan grave? Estar en tu lecho de muerte, eso sí que sería grave. ¿Pero dar una charla, o un cantar una canción a capella? Chupao. Ya has visualizado lo peor, te has familiarizado con esa posibilidad…y resulta que no es tan grave. Además, ahora… acércate que te lo voy a susurrar al oído: …no va a suceder. En cualquier caso, en el remoto supuesto de que sucediera, será una experiencia de la cual aprenderás.

  4. Prescinde de la audiencia. Piensa que lo haces por tí. Como si fuera un examen oral de final de carrera. Ese acto lo haces únicamente por tí. Para demostrarte lo bueno que eres, cuánto sabes, y lo bien que dominas aquello a lo que te has dedicado en cuerpo y alma durante tantas horas.

    Ellos te adoran

  5. Piensa que hay mucha gente en tu misma situación. En el mundo somos 6.000 millones de personas. En el mismo instante en que lo estés pasando mal porque tienes que dar una charla o un discurso o recitar una poesía ante un público exigente, piensa que por lo menos un 0,001% de la población mundial seguramente esté pasando por el mismo trance que tú en ese momento. Eso significa que hay nada menos que 60.000 personas en el mundo atacados de nervios pensando en su actuación. O sea que tú eres uno más, y seguro que no serás el que peor lo haga. Lo dice la Estadística.

  6. Recuerda lo que le pasó a mi amigo Jean-Christof. Era un compañero de piso que tuve en primero de carrera. Era medio belga, medio americano, y había estudiado en Bucknell. Es una Universidad americana, situada en Pennsylvania. Yo no había oído nunca hablar de Bucknell, pero como él llevaba siempre camisetas y polos donde se leía “Bucknell”, un día le pregunté, y me dijo que era una de las mejores del país. Bien…Pues  Jean-Christof me contó un día que en el primer trabajo que tuvo le enviaron a dar una charla a los empleados de una fábrica. Se puso tan nervioso que empapó literalmente la camisa que llevaba y sentía la corbata como una pesada soga al cuello. No separaba la vista de unos papeles que había podido preparar deprisa y corriendo antes de subir al estrado. Próximo, ya, al final de su charla se atrevió a levantar la vista siquiera por una décima de segundo para entablar contacto visual con su audiencia, y se dio cuenta de que todos los allí congregados eran empleados japoneses que no entendían ni jota de lo que él estaba diciéndoles en inglés. Eso le liberó. Le retiró toda la presión que él se estaba autoimponiendo. Casi instantáneamente mi amigo Jean Christoff se relajó de tal manera que pudo acabar su charla en un estado de total tranquilidad y confianza. Las circunstancias eran las mismas, el discurso era el mismo, él era el mismo, la audiencia seguía allí, pero simplemente su cerebro dejó de emitir señales de miedo escénico. Si tienes que dar una charla, piensa que se la darás a una audiencia que no va a entender ni jota. A pesar de todo, mi amigo tuvo que ir a cambiarse de camisa, nada más bajar del estrado.

  7. Piensa que formas parte de un experimento. Visualiza tu vida desde algún punto elevado, como en la imagen inicial de la película “American Beauty”. Te ves a ti mismo desde arriba, como si formaras parte de una película o un escenario ajeno a ti. La historia va de unos científicos que han montado un experimento: te han insertado un chip en el cerebro, a través de una ranura en la nuca (tócate la nuca, siente la cicatriz que te han dejado), y están registrando todas tus constantes vitales en el momento de tu actuación a través de unas ondas inalámbricas que son captadas en otra sala del edificio. Tu objetivo es mostrar unas señales menos “desbocadas” que la última vez. Las señales que registren los científicos también servirán de referencia en el futuro, para que la próxima vez intentes lograr atenuar todavía más esas señales. Toda esta película te ayudará, por lo menos, a no pensar en otra cosa, y a rebajar momentáneamente tu nivel de estrés.

  8. Piensa que eres valiente. Eres como un superhéroe. Nadie lo sabe, pero tú sí. De todas las personas presentes en la sala donde vas ofrecer tu talento eres el más valiente. No va a haber nadie más que se atreva a subir al estrado. Todos van a pensar hacia sus adentros: “ojalá fuera yo tan valiente, lástima que yo no pueda superar mi miedo escénico”.

  9. Sonríe. Piensa: “qué agradecido estoy de tener esta oportunidad!”. Tengo dos piernas y dos brazos, y un cerebro. Y esta gente va a disfrutar de mi talento. La sonrisa es importante, porque aunque sea inconscientemente eleva tu nivel de confianza. Además, si los demás te ven con una sonrisa en el rostro se relajarán y serán más displicentes a la hora de juzgarte. Imagina lo contrario. Imagina alguien que sube al escenario con el ceño fruncido, comiéndose las uñas, con la mirada baja y con el rostro serio. Eso va a generar tensión en la audiencia. Los nervios se van a transmitir del protagonista a su público. Sonríe. Muéstrate relajado. Ya sabemos que no lo estás. Pero tu audiencia lo agradecerá y tú, inconscientemente, ahuyentarás al miedo escénico.

    La sonrisa: más de la mitad de su éxito

  10. Sé sincero, sé auténtico, sé tú. Siéntete cómodo. Deja pasar unos segundos antes de empezar. Tómatelos para sonreír (punto anterior), respirar hondo, mirar a tu audiencia, y familiarizarte con ella. Toda situación o lugar parecen intimidantes al principio. A medida que pasan los segundos y tu cuerpo se acostumbra la primera sensación de impacto se diluye. Al entrar por primera vez en la sala donde se expone el Guernica, en el Museo del Prado, uno experimenta una sensación de grandeza, de impacto. El guardia jurado que trabaja en esa sala no experimenta nada. La diferencia es que él conoce el entorno, porque lleva allí más tiempo.
  11. Todos los miembros de la audiencia son extraterrestres. Han adoptado forma humana para no intimidarte, pero si abren la boca y sacan la lengua verás que tienen la lengua como los reptiles. ¿Te acuerdas de la serie V? Pues igual. Te están mirando raro. No entienden bien lo que vas a hacer. Se han juntado aquí igual que nosotros vamos al zoo a ver a los pingüinos o al Cosmocaixa a ver a la capibara. Otro ejercicio mental para mantener lejos al miedo escénico.
  12. Piensa que tu actuación es un peldaño en tu escalera de la superación. Actuar en directo ante cualquier clase de público te va a hacer mejorar mucho más que una decena de ensayos. Sucede lo mismo a nivel deportivo. Cualquier partido de competición supone un esfuerzo y una mejora cien veces superior a un mero entreno. ¿Conocéis algún deportista de élite que antes de llegar a la cima haya evitado la competición? ¿Hay algún campeón mundial de cualquier disciplina que se haya plantado en la final sólo entrenando y sin nunca competir? No. Porque la competición, y en tu caso el miedo escénico ante el público, es lo que hace que uno mejore. Y cuantas más veces te enfrentes al miedo escénico mejor serás.
  13. Por último, un consejo prosaico: Intenta no beber coca-cola ni ninguna bebida estimulante durante ese día.

    Prohibido