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¿Qué significa para mí Educar?

Para cuando mi hijas tengan 18 años habrán recibido más de 10.800 horas de clase formal en el colegio. El cálculo lo hago rápido y de la siguiente manera: 180 días lectivos que tiene un curso escolar x 12 años escolares x 5 horas diarias.

Para entonces yo pido más bien poco: que el sistema educativo haya inculcado en ellas sólo unas pocas habilidades. A saber: cálculo mental (sumar, restar, multiplicar, dividir, hacer reglas de 3, sacar porcentajes), leer con solvencia y a la vez con una buena comprensión lectora, tener un vocabulario amplio, y saber escribir con cierta competencia una carta o una redacción, o un informe. También estaría bien saber comunicarse, y que tuvieran ciertos recursos para ser personas creativas y con iniciativa. No pido más. Del inglés ya me encargo yo. La informática olvidadla, pues lo que aprendan ahora no va a servir de nada en 15 años. De esto ya hablé hace algún tiempo en esta entrada del blog.

Yo creo que en 10.800 horas algo se podrá conseguir. Tampoco estaría mal que al cabo de toda esa instrucción hubieran leído unos cuantos libros,  se supieran unas pocas poesías, y hubieran escuchado algunas piezas de música clásica. Pero eso, me dicen, ya es ser muy optimista.

Malcolm Gladwell tiene un libro llamado “Outliers” (traducido al castellano como “Fueras de serie, por qué unas personas tienen éxito y otras no”), y en él desarrolla la teoría de que para dominar cualquier técnica a un nivel superlativo, y poder tener éxito, hace falta una dedicación de 10.000 horas. Como ejemplo pone a los Beatles, que antes de triunfar dedicaron más o menos ese número de horas a tocar en tugurios de Hamburgo, noche tras noche, desde 1960 a 1964, delante de públicos poco refinados consistentes en marineros y rufianes de tres al cuarto.  Gladwell también pone como ejemplo a Bill Gates, que en 1968, a los 13 años de edad, accede a uno de los primeros ordenadores del país, que se instala precisamente en su instituto. A partir de ahí Gates dedica más o menos sus 10.000 horas a programar en ese ordenador y en otro de la Universidad en su localidad. Lo cual le hizo un experto en programación cuando todavía era un adolescente y le ayudó a destacar como después destacó.

Malcolm Gladwell

Por tanto, mis hijas y vuestros hijos tendrán sus 10.000 horas de dedicación a la instrucción general. Tiempo suficiente. Además, para cuando tengan 18 años, yo calculo que habrán pasado con sus padres, por lo menos, otras 10.000 horas. Seguramente mucho más. Por tanto, es importante reflexionar siquiera un momento a qué vamos a dedicar esa cantidad ingente de horas, que a otros les ha llevado al estrellato más rutilante. Ojo: yo no pido estrellatos. Es más, no me haría gracia acceder a él por vía de mis hijas.  Sólo quiero producir dos buenas personas, que sean honradas y trabajadoras y que aporten algo de valor a la sociedad en la que vivan. No pido más. Entonces…¿En qué voy a centrarme durante esas más de 10.000 horas? Os lo cuento:

  1. ESTAR. Condición “sine qua non“. Hay que estar presencialmente. Sin hacer nada más. Sólo con estar presente ya tenemos el 80% del trabajo hecho. El objetivo es estar por ahí cerca cuando nuestros hijos lloren, cuando griten, cuando se alegren, cuando se caigan y se hagan sangre, cuando se pregunten cosas, cuando se peleen, cuando se enfaden. A todo esto nosotros reaccionaremos, y esa reacción (sea cual sea) ya es el grueso de nuestra labor. Mi conclusión es que no hay reacciones correctas o incorrectas. Las que sean harán que nuestros hijos vean comportarse a sus padres, y moldearán en ellos su propia personalidad.
  2. DEJAR ESTAR. Muy importante también. No molestar a los niños en su descubrimiento del mundo. Observo como, en el parque, algunos padres están constantemente encima de sus hijos: por si se caen, para que vayan a los columpios de la edad que les corresponde, para que se pongan la chaqueta, para que se acaben la merienda, para que no se ensucien los pantalones nuevos… Y me pregunto: si mi hija de 3 años quiere subirse a un columpio para niños de 6 o 10 años, ¿qué problema hay? Si un niño se ensucia en el parque, ¿a quién podría extrañar? Los niños deben también tomar sus propias decisiones de con quién se juntan, a qué juegan, con quien se enfadan, con quien comparten, qué actividades prefieren hacer. Dejémosles ser.

    Dejemos que de vez en cuando se caigan. Así es como se aprende.

  3. ESCUCHAR. Hay un capítulo de la serie “Malcolm” en el que a Malcolm sólo le suceden cosas malas debido a que en cualquier situación expresa su opinión abiertamente sin pensar ni reflexionar en las consecuencias. Por ejemplo, le expulsan del equipo de baloncesto, o su madre se enfada con él. En un momento dado decide callarse sus opiniones y simplemente mantenerse en silencio cuando es interpelado por su madre o por el entrenador de su equipo. En la serie se escuchan sus pensamientos, pero él se mantiene callado y a la escucha. Es gracioso ver cómo le cuesta. Pero a partir de ese momento todo le empieza a ir bien. Las personas con las que “habla” entablan una especie de monólogo con él delante, sólo asintiendo, pero acaban contentos. El entrenador le readmite en el equipo, su madre está encantada y Malcolm logra superar su mala racha. Es increíble el poder que tiene sólo Escuchar.
  4. HACER. También muy fácil. Como el punto 1. Simplemente ser un ejemplo para nuestros hijos. Hacer nuestra vida siendo conscientes que alguien se fija en nosotros. Si quieres que tus hijos sean generosos, sé desprendido con las cosas. Comparte tú en primer lugar.  Si quieres que tus hijos valoren las cosas, no despilfarres ni desaproveches las cosas. Si quieres que tus hijos sean solidarios, haz favores al vecino. Sé compresivo y tolerante. Respeta a los demás si quieres que tus hijos sean respetuosos y más importante, que te respeten. Yo quiero que mis hijas sean personas positivas. Por tanto, ante las adversidades estoy obligado a poner buena cara, aprender lo positivo, y verbalizarlo. No por mí, por ellas.
  5. DEJARNOS ACOMPAÑAR. Ojo, no digo ACOMPAÑAR. Acompañar es lo que hacemos cuando les llevamos al chiquipark. Eso está bien. Pero yo, aquí, me refiero a que nosotros hagamos nuestras cosas y nos llevemos a nuestros hijos con nosotros. Si hay que ir de compras, que vengan. Si tenemos que ir a renovarnos el DNI, que vengan y vean qué es el DNI y cómo se lo renueva uno. Si voy al taller a reparar el coche, que vengan. Ello dará pie a que pregunten, a que vean a un policía de cerca o a un mecánico lleno de grasa, a que vean mundo, a que aprendan en definitiva.
  6. PERCIBIR. Esto ya es más difícil. Implica estar alerta y darnos cuenta de qué interesa a nuestros hijos. Qué les motiva, qué les gusta, qué les mueve. Unas veces lo dirán, y otras no lo dirán, y nos tendremos que dar cuenta. Otras veces dirán que les gusta algo, pero enseguida veremos que en realidad no les hace tanta gracia. Hay que saber percibir si nos piden algo porque realmente tienen un interés, o por otros motivos más espúreos, como puede ser que lo hace un amigo, o porque “está de moda”. Una vez hayamos percibido algún interés real, intentaremos facilitarle el camino, mostrándole opciones y oportunidades en esa dirección. Que les gusta la danza, pues hacer los esfuerzos para que desarrolle ese interés. Les pueden gustar los insectos, o los cómics, o la papiroflexia, o los tatuajes. En cualquier caso, les gustará a ellos, no necesariamente a nosotros, y estaremos obligados a ayudarles a profundizar en esa vía.
  7. NO ACONSEJAR. Salvo que nos lo pidan explícitamente. Dar consejos a un hijo tiene el riesgo de que los siga. Si el consejo que damos es sobre una asunto poco importante, no hay problema. Si el asunto es trascendental, como por ejemplo, qué estudios universitarios debe seguir nuestro hijo existe la posibilidad de que luego, ese hijo, pasado un tiempo acabe pensando que la decisión que tomó, siguiendo el criterio de su padre, no fue la mejor. Yo creo que lo mejor es no dar consejos. Simplemente ayudar y apoyar la decisión que autónomamente tomen nuestros hijos.
  8. IMPONER. Hay varias cosas que los adultos debemos imponer a los niños. Imponer criterios. “Niño…¿de qué quieres el bocadillo hoy?”, “Hoy….¿qué te apetece hacer?” Creo que preguntando a los niños les transmitimos el mensaje de que estamos a su disposición. Los niños no tienen problema siguiendo el criterio de un mayor. “Hoy tienes bocadillo de mortadela, y vamos a ir a dar un paseo por el Serrallo”. Punto. Imponer castigos. De vez en cuando, y después de los preceptivos avisos, hay que imponer castigos. Los avisos no pueden ser eternos, cosa que a veces veo que pasa. “Si lo vuelves a hacer te castigo”…El niño lo vuelve a hacer y nada…”ahora sí que sí, si lo vuelves a hacer otra vez te castigo, y ahora hablo en serio”. Y el niño lo vuelve a hacer, y no sucede nada. Imponer premios. Lo mismo pero al revés. Si hay un comportamiento especialmente satisfactorio, otorgar una recompensa es una ocasión magnífica para educar, y compartir. Seguramente de los momentos más gratificantes también como padre. Ojo, si prometí un premio, no puedo dejarlo caer en el olvido si mi hijo cumple con las expectativas.
  9. NO OCULTAR.  La vida a veces es dura, nos encontramos con cosas desagradables. Desastres. Adversidades. Un gato muerto en la carretera. Un padre al que han despedido de su empleo. Una palabrota pronunciada por alguien (no nosotros, claro). Una pelea en la calle entre dos adultos. Al principio pensaba que los niños tenían que permanecer protegidos ante este tipo de cosas. Ahora creo que parte de la educación es encontrarse con esto. No buscarlo, pero no ocultarlo. Mis niñas a veces ven un programa de dibujos que se llama “Tiempo de aventuras“. Son las aventuras surrealistas de Jake, el Perro, y Finn, el Humano, en un mundo raro de castillos, princesas, monstruos, vampiros y encantamientos. Reconozco que el programa no es lo más edificante que se ha hecho en la tele. Seguramente está pensado para preadolescentes. Los personajes hablan constantemente con coletillas como “tronco”, “tío” o con términos como “mola”, “dabuten”. Hay personajes que mueren con muertes violentas o simplemente suceden cosas extrañas como que unos vampiros succionan el cerebro a la gente, o como que el Rey Hielo secuestra a una princesa y la mete en una bolsa de viaje. Lo dicho. Raro. ¿Me debo preocupar si ellas quieren verlo? ¿Debo evitarlo? Lo he comentado con otros padres y la mayoría coinciden en que no se lo dejan ver a sus hijos de 6-7 años. Mi conclusión: no ocultar. Si lo ven, no se lo voy a prohibir. Yo intentaré estar a su lado mientras lo ven, pero renuncio a ocultar.

    Tiempo de aventuras

  10. PENSAR CONTRACORRIENTE. Si nosotros nos cuestionamos las cosas, entiendo que ayudaremos a nuestros hijos a desarrollar un pensamiento crítico. Algo que se nota a faltar en la sociedad actual. No se trata de descalificar ni de creer en teorías conspirativas. Pero si algo no nos convence , hacer un ejercicio explícito de incredulidad. Dudar. Un ejemplo clásico son los medios de comunicación. Basta coger 3 periódicos para ver que la manera cómo se redacta una misma noticia nos predispone a favor o en contra de quien más interese.  Otro ejemplo clásico son las estadísticas y los gráficos que las muestran. En fin…en mi opinión es importante no ser categóricos con las cosas, transmitir a nuestros hijos que siempre hay otros puntos de vista, y que a lo mejor a lo que nos enfrentamos a una manera sesgada de ver la realidad.
  11. y DISFRUTAR.  Que nuestros hijos nos vean divertirnos, bromear, y  también disfrutar de las cosas. No de las cosas caras o sofisticadas. Más bien de las cosas sencillas y sin coste. Un paseo. Una excursión por el campo. Una partida de bolos con los amigos. Una celebración familiar. Un día de playa.

Seguramente me equivoque en muchas de mis apreciaciones, pero todavía estoy aprendiendo a ser padre y a decir verdad…es una cosa muy difícil.

Si queréis hacerles un favor a vuestros hijos no les regaléis nada

Sé que el título de esta entrada va a causar controversia. Es para provocar. Lo que en realidad quiero decir es que, si les queréis hacer un favor a vuestros hijos no les regaléis nada a vuestros hijos QUE NO HAYAN PEDIDO.

Los niños de hoy en día tienen la gran suerte de haber nacido en una época en la cual:

1) El nivel adquisitivo de sus padres es de los más altos de la Historia.

2) La generación de los que ahora son niños es muy escasa en efectivos. Por cada niño hay muchos adultos: padres, y también abuelos, tíos, primos mayores, dispuestos a desenfundar sin pudor cualquier regalo que tenga un coste económico que esté a la altura del lugar destacado que ocupan en el entramado familiar.

3) El consumo, en general, es alentado y considerado un valor positivo. Cuanto más se consume más estatus se tiene en la sociedad. Las luces de Navidad se cuelgan de las grandes avenidas de las ciudades casi dos meses antes de que lleguen las fiestas, y las tardes de los sábados de invierno no se saben ocupar si no es yendo a comprar a algunos grandes almacenes, que es una cosa muy divertida.

4) La industria juguetera sabe cómo apelar a los más sensibles resortes psicológicos de los niños, y sobre todo de los padres y mayores en general, que tienen un papel clave en la compra de los juguetes: ser los que ponen la tarjeta de crédito, y decidir qué regalo se le hace a los pequeños.

Todo esto hace que debajo de los árboles de Navidad de nuestros hogares aparezcan el día de Navidad regalos a tutiplén. No es extraño que un niño reciba ese día 10 regalos. Que tenga que abrir 10 paquetes muy bien envueltos, con papeles que son, en sí mismos, un regalo. Nada más abiertos los 10 regalos el niño preguntará con una sonrisa: “¿…y cuánto falta para los Reyes? Es que también traen regalos”.

Regalos a tutiplén

Esos regalos, lo tengo comprobado, no se valoran. Serán utilizados mínimamente en el momento de desenvolverse, y en la mayoría de casos serán colocados después en alguna estantería elevada donde pasarán al ostracismo infantil, relegados al duro castigo del olvido, sólo merecedores de cierta atención cuando venga otro niño invitado a casa que muestre interés por jugar con ese juguete.

Desde el punto de vista estrictamente educativo no les estamos haciendo ningún gran favor a los niños sometiéndoles a esa orgía de regalos que muchas veces no tiene ningún sentido. Los regalos no están pensados y mucho menos consensuados entre los miembros “regaladores” de la familia.

Y es que entre todos estamos evitando un elemento clave de los regalos: la ilusión por que nos los regalen.

Para que un regalo venga con su dosis correspondiente de ilusión, debe haberse deseado con anterioridad, debe haberse pedido a los padres y familiares, y debe de haber pasado un tiempo de espera durante el cual el niño NO tiene el regalo, pero lo desea fervientemente, e imagina el placer que obtendrá cuando se lo regalen.

Un gran regalo, aquel regalo que no olvidamos, es aquel que de pequeños le pedíamos a nuestros padres con la boca pequeña, porque era altamente improbable que nos lo regalaran (para algunos fue tan improbable que nunca lo recibieron), y por el cual había que luchar, cumpliendo algún objetivo: “niño, si apruebas las mates miraremos lo del regalo”, “bueno…si este verano haces tal o cual cosa para Navidad igual los Reyes te lo traen”.

Por favor, intentemos no quitarles a nuestros hijos ese derecho. El derecho de tener ilusión por algo. No matemos esa ilusión comprando el regalo nada más intuir que al niño o a la niña “les podría” hacer ilusión ese regalo. Esperemos. Los niños pedirán lo que quieren, y nos lo harán saber. Nuestro papel es canalizar ese deseo y esperar pacientemente. Esperar a que lo pidan 2 y 3 veces. Sólo después de que expresen su deseo más de una vez, y después de una espera razonable nos aseguraremos que reciban su regalo con la ilusión que corresponde.

No regaléis aquello que os hace ilusión a vosotros

14 cosas que me enseñan mis hijas cada día

De un tiempo a esta parte acabo agotado del fin de semana. Llega el lunes y necesito descansar. Menos mal que me esperan 5 días de oficina y tranquilidad. Este sentimiento es común a muchos padres. Los críos quieren marcha. Requieren de nuestra atención y piden hacer cosas: columpios, paseos, playa, piscina, patines, bicicleta, chiquiparques, jugar, pelearse ruidosamente, que les cuentes un cuento, jugar al parchís y a la oca (excitante plan, eh?). Vaya, que nos dan un tute que acabamos derrotados.

Pero una cosa es cierta: aparte de desgastarme física y mentalmente, tener hijos me ha enseñado algunas cosas. Para llegar a esta lista he tenido que sudar la gota gorda, pero aquí van algunos aspectos no tan malos de ser padres:

 

  1. Nos enseñan a ser pacientes. A cerrar los ojos en esos momentos críticos de crisis, gritos, ira infantil, y encomendarnos a Buda y a toda la filosofía Zen de paz interior. Ummmmmm. Respira, respira. Autocontrol. No sueltes la mano. Te arrepentirás. Contrólate.

    Contrólate

    Autocontrol

  2. .Nos enseñan a gestionar el tiempo de manera eficiente. O por lo menos a intentar hacerlo cada día y mejorar en el intento. Sobre todo a aprovecharlo cuando no están.
  3. Nos enseñan logística. Ya sabéis: cómo minimizar el número de cacharros a llevar cuando te vas de viaje. A hacer un tetris en el maletero con los bultos. Qué cosas me llevo y qué cosas dejo en casa cuando vamos al parque.
  4. Nos enseñan a dar, sin esperar recibir nada a cambio. “Todos los niños llegan con un pan bajo el brazo”, dicen. Pero yo veo que tener hijos es de los actos más antieconómicos que hay. Todo son gastos. Y sin embargo incurrimos en esos gastos encantados de la vida. Además de eso, damos a nuestros hijos amor al 100%, el amor más puro, a pesar de que (por lo menos yo así lo pienso) existe la posibilidad de que cuando seamos ancianos nos metan en una residencia. Qué triste, no?. Y aunque eso ocurriera, nuestro amor es igualmente puro y completo.
  5. Aumentan nuestro conocimiento de la psicología humana y nuestras dotes de persuasión. Aprendemos rápidamente qué es el chantaje emocional, cómo dominarlo, cómo evitarlo. Cómo manipular. Nos enseñan a explorar distintas estrategias psicológicas.
  6. Nos enseñan a relativizar. Nos ayudan a aceptar que vivir en el desorden es posible. Que no pasa nada si han rayado la funda del sofá con rotulador. De punta gruesa. Negro. Indeleble. O que acaban de romper un juguete nada más desempaquetarlo.
  7. Nos ayudan a ver que no todo está bajo nuestro control.
  8. Nos hacen reír. Lo último que he tenido que escuchar: “Papá, cuando tú naciste ¿existían los colores?”, otra: “Papá, ¿yo ya tengo un niño en la pancha?”.
  9. Expanden nuestros límites. Yo, antes de tener hijos me veía incapaz de limpiarle las cacas a nadie, ni los mocos, babas, vómitos, aguantar llantos, ataques de ira, de celos, de sueño, de rabia, aguantar peleas, pataletas, pisotones y golpes involuntarios en las partes. Y ahí estoy, encantado.
  10. Nos ayudan a cuestionarnos lo establecido, en especial el lenguaje. ¿Por qué el presente de indicativo del verbo saber es “yo sé” cuando sería más lógico que fuera “yo sabo”?. ¿Por qué decimos “yo quiero” si podríamos decir “yo quero”?, el verbo es querer, no quierer. O por qué no es correcta la expresión “he canastado” si lo que hacemos es meter la pelota en la canasta.
  11. Nos recuerdan el poder de la ilusión, y nos ayudan a recuperar el mundo de la magia y los cuentos. Otra vez disfrutamos de la Navidad, de los Reyes Magos, de la ilusión de los regalos. También de las historias y leyendas universales. Y de las grandes enseñanzas que esconden los cuentos. “Pedro y el lobo”: no mentir,”Los tres cerditos”: ser trabajador, “la Cigarra y la Hormiga”: ser previsor, “La rana y el escorpión”: cada uno tiene su naturaleza…

    La rana y el escorpión

    Cada uno tiene su naturaleza

  12. Nos ayudan a ser positivos, dándonos alegrías. No todos los días, ni siquiera todas las semanas. Bueno, alguna vez nos dan alguna satisfacción. Algún motivo para sentirnos orgullosos. No quedan los últimos en el cross del colegio, o les ponen un MB al corregirles los deberes. Yo, no sé por qué, cuando me siento más orgulloso es cuando mi hija mayor recita un poesía de memoria.
  13. Nos ayudan a disfrutar de un sentimiento de autorrealización. Cuando ya no estemos nosotros, por lo menos algo quedará como nuestra obra: nuestros hijos.
  14. Nos ayudan a trascender. A mí me han preguntado: “Papá ¿Jesús nos ve desde el cielo?” , “Papá, ¿Dónde está ahora Maikelyason?”. En definitiva, nuestros hijos nos hacen reflexionar sobre qué es lo importante en la vida para nosotros. Pregúntate por qué es lo que quieres que te recuerden tus hijos cuando ya no estés, y tendrás la respuesta de qué es lo más importante para ti. Pregúntate qué te gustaría dejarles y también habrás respondido qué es lo que te importa.

Esta entrada quería que se titulara “15 cosas que me enseñan mis hijas cada día”. 15 es un número más redondo que 14. Ayúdame y dime si hay alguna cosa que te enseñen tus hijos cada día, dejando un comentario.