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Si queréis hacerles un favor a vuestros hijos no les regaléis nada

Sé que el título de esta entrada va a causar controversia. Es para provocar. Lo que en realidad quiero decir es que, si les queréis hacer un favor a vuestros hijos no les regaléis nada a vuestros hijos QUE NO HAYAN PEDIDO.

Los niños de hoy en día tienen la gran suerte de haber nacido en una época en la cual:

1) El nivel adquisitivo de sus padres es de los más altos de la Historia.

2) La generación de los que ahora son niños es muy escasa en efectivos. Por cada niño hay muchos adultos: padres, y también abuelos, tíos, primos mayores, dispuestos a desenfundar sin pudor cualquier regalo que tenga un coste económico que esté a la altura del lugar destacado que ocupan en el entramado familiar.

3) El consumo, en general, es alentado y considerado un valor positivo. Cuanto más se consume más estatus se tiene en la sociedad. Las luces de Navidad se cuelgan de las grandes avenidas de las ciudades casi dos meses antes de que lleguen las fiestas, y las tardes de los sábados de invierno no se saben ocupar si no es yendo a comprar a algunos grandes almacenes, que es una cosa muy divertida.

4) La industria juguetera sabe cómo apelar a los más sensibles resortes psicológicos de los niños, y sobre todo de los padres y mayores en general, que tienen un papel clave en la compra de los juguetes: ser los que ponen la tarjeta de crédito, y decidir qué regalo se le hace a los pequeños.

Todo esto hace que debajo de los árboles de Navidad de nuestros hogares aparezcan el día de Navidad regalos a tutiplén. No es extraño que un niño reciba ese día 10 regalos. Que tenga que abrir 10 paquetes muy bien envueltos, con papeles que son, en sí mismos, un regalo. Nada más abiertos los 10 regalos el niño preguntará con una sonrisa: “¿…y cuánto falta para los Reyes? Es que también traen regalos”.

Regalos a tutiplén

Esos regalos, lo tengo comprobado, no se valoran. Serán utilizados mínimamente en el momento de desenvolverse, y en la mayoría de casos serán colocados después en alguna estantería elevada donde pasarán al ostracismo infantil, relegados al duro castigo del olvido, sólo merecedores de cierta atención cuando venga otro niño invitado a casa que muestre interés por jugar con ese juguete.

Desde el punto de vista estrictamente educativo no les estamos haciendo ningún gran favor a los niños sometiéndoles a esa orgía de regalos que muchas veces no tiene ningún sentido. Los regalos no están pensados y mucho menos consensuados entre los miembros “regaladores” de la familia.

Y es que entre todos estamos evitando un elemento clave de los regalos: la ilusión por que nos los regalen.

Para que un regalo venga con su dosis correspondiente de ilusión, debe haberse deseado con anterioridad, debe haberse pedido a los padres y familiares, y debe de haber pasado un tiempo de espera durante el cual el niño NO tiene el regalo, pero lo desea fervientemente, e imagina el placer que obtendrá cuando se lo regalen.

Un gran regalo, aquel regalo que no olvidamos, es aquel que de pequeños le pedíamos a nuestros padres con la boca pequeña, porque era altamente improbable que nos lo regalaran (para algunos fue tan improbable que nunca lo recibieron), y por el cual había que luchar, cumpliendo algún objetivo: “niño, si apruebas las mates miraremos lo del regalo”, “bueno…si este verano haces tal o cual cosa para Navidad igual los Reyes te lo traen”.

Por favor, intentemos no quitarles a nuestros hijos ese derecho. El derecho de tener ilusión por algo. No matemos esa ilusión comprando el regalo nada más intuir que al niño o a la niña “les podría” hacer ilusión ese regalo. Esperemos. Los niños pedirán lo que quieren, y nos lo harán saber. Nuestro papel es canalizar ese deseo y esperar pacientemente. Esperar a que lo pidan 2 y 3 veces. Sólo después de que expresen su deseo más de una vez, y después de una espera razonable nos aseguraremos que reciban su regalo con la ilusión que corresponde.

No regaléis aquello que os hace ilusión a vosotros

14 cosas que me enseñan mis hijas cada día

De un tiempo a esta parte acabo agotado del fin de semana. Llega el lunes y necesito descansar. Menos mal que me esperan 5 días de oficina y tranquilidad. Este sentimiento es común a muchos padres. Los críos quieren marcha. Requieren de nuestra atención y piden hacer cosas: columpios, paseos, playa, piscina, patines, bicicleta, chiquiparques, jugar, pelearse ruidosamente, que les cuentes un cuento, jugar al parchís y a la oca (excitante plan, eh?). Vaya, que nos dan un tute que acabamos derrotados.

Pero una cosa es cierta: aparte de desgastarme física y mentalmente, tener hijos me ha enseñado algunas cosas. Para llegar a esta lista he tenido que sudar la gota gorda, pero aquí van algunos aspectos no tan malos de ser padres:

 

  1. Nos enseñan a ser pacientes. A cerrar los ojos en esos momentos críticos de crisis, gritos, ira infantil, y encomendarnos a Buda y a toda la filosofía Zen de paz interior. Ummmmmm. Respira, respira. Autocontrol. No sueltes la mano. Te arrepentirás. Contrólate.

    Contrólate

    Autocontrol

  2. .Nos enseñan a gestionar el tiempo de manera eficiente. O por lo menos a intentar hacerlo cada día y mejorar en el intento. Sobre todo a aprovecharlo cuando no están.
  3. Nos enseñan logística. Ya sabéis: cómo minimizar el número de cacharros a llevar cuando te vas de viaje. A hacer un tetris en el maletero con los bultos. Qué cosas me llevo y qué cosas dejo en casa cuando vamos al parque.
  4. Nos enseñan a dar, sin esperar recibir nada a cambio. “Todos los niños llegan con un pan bajo el brazo”, dicen. Pero yo veo que tener hijos es de los actos más antieconómicos que hay. Todo son gastos. Y sin embargo incurrimos en esos gastos encantados de la vida. Además de eso, damos a nuestros hijos amor al 100%, el amor más puro, a pesar de que (por lo menos yo así lo pienso) existe la posibilidad de que cuando seamos ancianos nos metan en una residencia. Qué triste, no?. Y aunque eso ocurriera, nuestro amor es igualmente puro y completo.
  5. Aumentan nuestro conocimiento de la psicología humana y nuestras dotes de persuasión. Aprendemos rápidamente qué es el chantaje emocional, cómo dominarlo, cómo evitarlo. Cómo manipular. Nos enseñan a explorar distintas estrategias psicológicas.
  6. Nos enseñan a relativizar. Nos ayudan a aceptar que vivir en el desorden es posible. Que no pasa nada si han rayado la funda del sofá con rotulador. De punta gruesa. Negro. Indeleble. O que acaban de romper un juguete nada más desempaquetarlo.
  7. Nos ayudan a ver que no todo está bajo nuestro control.
  8. Nos hacen reír. Lo último que he tenido que escuchar: “Papá, cuando tú naciste ¿existían los colores?”, otra: “Papá, ¿yo ya tengo un niño en la pancha?”.
  9. Expanden nuestros límites. Yo, antes de tener hijos me veía incapaz de limpiarle las cacas a nadie, ni los mocos, babas, vómitos, aguantar llantos, ataques de ira, de celos, de sueño, de rabia, aguantar peleas, pataletas, pisotones y golpes involuntarios en las partes. Y ahí estoy, encantado.
  10. Nos ayudan a cuestionarnos lo establecido, en especial el lenguaje. ¿Por qué el presente de indicativo del verbo saber es “yo sé” cuando sería más lógico que fuera “yo sabo”?. ¿Por qué decimos “yo quiero” si podríamos decir “yo quero”?, el verbo es querer, no quierer. O por qué no es correcta la expresión “he canastado” si lo que hacemos es meter la pelota en la canasta.
  11. Nos recuerdan el poder de la ilusión, y nos ayudan a recuperar el mundo de la magia y los cuentos. Otra vez disfrutamos de la Navidad, de los Reyes Magos, de la ilusión de los regalos. También de las historias y leyendas universales. Y de las grandes enseñanzas que esconden los cuentos. “Pedro y el lobo”: no mentir,”Los tres cerditos”: ser trabajador, “la Cigarra y la Hormiga”: ser previsor, “La rana y el escorpión”: cada uno tiene su naturaleza…

    La rana y el escorpión

    Cada uno tiene su naturaleza

  12. Nos ayudan a ser positivos, dándonos alegrías. No todos los días, ni siquiera todas las semanas. Bueno, alguna vez nos dan alguna satisfacción. Algún motivo para sentirnos orgullosos. No quedan los últimos en el cross del colegio, o les ponen un MB al corregirles los deberes. Yo, no sé por qué, cuando me siento más orgulloso es cuando mi hija mayor recita un poesía de memoria.
  13. Nos ayudan a disfrutar de un sentimiento de autorrealización. Cuando ya no estemos nosotros, por lo menos algo quedará como nuestra obra: nuestros hijos.
  14. Nos ayudan a trascender. A mí me han preguntado: “Papá ¿Jesús nos ve desde el cielo?” , “Papá, ¿Dónde está ahora Maikelyason?”. En definitiva, nuestros hijos nos hacen reflexionar sobre qué es lo importante en la vida para nosotros. Pregúntate por qué es lo que quieres que te recuerden tus hijos cuando ya no estés, y tendrás la respuesta de qué es lo más importante para ti. Pregúntate qué te gustaría dejarles y también habrás respondido qué es lo que te importa.

Esta entrada quería que se titulara “15 cosas que me enseñan mis hijas cada día”. 15 es un número más redondo que 14. Ayúdame y dime si hay alguna cosa que te enseñen tus hijos cada día, dejando un comentario.