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Círculo de favores

Me dejé las llaves puestas en la moto y me metí en casa. “Daydreaming”, le llaman. Algún día me dejaré la cabeza en algún sitio.

Con el agravante de que siempre meto la moto en el párking. Pero esta vez decidí no hacerlo. Con total seguridad iba a cogerla otra vez durante la tarde, así que no la metí bajo techo, la dejé delante de la puerta de casa. Con la total seguridad de las cosas que después no suceden.

Y pasó la tarde, y llegó la noche. Y llegó el momento de hacer la cena. Y de los baños. Y de poner la mesa. Y de la cena en sí. Y estábamos cenando tranquilamente cuando fuera ya estaba oscuro como la boca de un lobo. Entonces sonó el timbre.

Por un segundo el tenedor se paró a medio camino entre el plato y la boca. Nos miramos extrañados. Creo que los dos preguntamos al unísono: “-Vas tú?”. El valiente que reside en mí le acababa de decir a Carme que se levantara y fuera ella a ver quién llamaba a la puerta en la noche oscura de las 21:30 horas. Sin dejar tiempo para que nadie reparara en ello, me levanté y me acerqué a la puerta, y antes de abrir miré por la ventana que hace las veces de mirilla en casa. Unas llaves se agitaban frente al cristal por una mano que se perdía en la negrura. Esas llaves me sonaban.

Para cuando abrí la puerta y encendí la luz, Blanca ya estaba fuertemente agarrada a mi pierna derecha. “Son tuyas estas llaves?” Las miré de cerca y en efecto, eran las llaves de mi BMW. Las únicas que tengo. Levanté la mirada y vi a una pareja joven. Él me explicó: “Nos hemos acercado a ver la moto. Mi hermano tiene una igual. Y hemos visto que estaban puestas”. Yo ahí parado con los ojos bien abiertos balbuceé “Gra-gra-cias”. “Son tuyas, no?”. “Sss-ssí”.

Menos mal que, aunque mi cerebro es de reacción lenta, pasados los dos primeros segundos, acerté a darles las gracias, ya de una manera más efusiva: “Me habéis salvado la vida. Mmm. Muchas gracias”. No era plan de invitarles a entrar para que compartieran plato con nosotros, aunque no me faltaban ganas. Qué gente más maja. Qué gusto de juventud. Pensé: ojalá algún día os pueda devolver el favor, pero sólo me salió “Ahora tengo que pasar el favor y hacer una buena acción que salve a otra persona, ¡para ir cerrando el círculo de favores!”.

Ambos rieron ante la ocurrencia. Rieron desde la sonrisa que ya traían en su cara. La sonrisa de los que van haciendo el bien. “Sí, ¡pasa el favor!”, dijo él, mientras ambos se retiraban.

Sólo quería daros las gracias, pareja joven aparecida de la noche para salvarme la vida. Y deciros que ahora tengo deberes.

Flamante BMW del '91

Mi flamante BMW del ’91

 

11 razones por las que es mejor tener cuarenta que veinte

La juventud está sobrevalorada. La mejor edad son los cuarenta. O los cincuenta. Espero que también estén bien los cincuenta. Pero los cuarenta son geniales. Yo diría que “los cuarenta son los nuevos treinta”.

Sí, es cierto que con veinte años tienes la piel suave y tersa. Y si uno repasa fotos se ve más delgado y hasta atlético. Supongo que tu yo veinteañero te podría ganar en una carrera de 100 metros descalzos por la playa contra tu yo cuarentón. Sin embargo hay un montón de cosas que son mucho mejores a los cuarenta:

  1. La primera que me viene a la mente es que (si tienes hijos) has experimentado el más puro amor que se puede albergar. El amor por los hijos. Un amor sin contrapartidas ni intereses.
  2. Las hormonas están bajo control.  Ya no haces tonterías para gustarle a las chicas. Tu sentido del ridículo te lo impide. Ya no caminas por la calle pensando cada vez que te cruzas con una chica guapa: “Esa chica es guapísima. ¡Cómo me gustaría salir con ella!”.
  3. La ambición está bajo control. Cuando tienes veinte eres ambicioso. Crees que te comerás el mundo. Siempre elucubrando sobre el futuro. Igual fue un estigma de mi generación. Siempre pensando si tendría un buen trabajo. Si ganaría suficiente. Preocupado por estar a la altura de las expectativas. Con cuarenta abrazo la teoría del ahora. Lo que importa es el ahora. Hay un libro que he visto recomendado en varias fuentes: “The power of now”, de Eckhart Tolle. Un superventas en los USA. Lo tengo en mi lista de lecturas pendientes. Habla de la importancia de no mirar al pasado, ni preocuparnos demasiado por el futuro. ¿De qué sirve lamentarse de lo que ocurrió o no ocurrió? ¿Por qué preocuparte de lo que vendrá? Aprovechando el hoy y siendo consciente de cada minuto le sacamos más jugo a la vida.
  4. Ya no necesitas la aprobación de nadie. La principal aprobación que buscas es la tuya. Si todavía buscas la aprobación de tus padres, de tus jefes, de tus amigos, entonces es que todavía no tienes cuarenta. Por lo menos, no mentalmente.
  5. Ya no haces cosas que no te gusta hacer. Por ejemplo salir a la discoteca sólo porque todos tus amigos van. No hace falta trasnochar y deambular toda la noche por la calle hasta ver amanecer aunque te estés aburriendo soberanamente, sólo porque se lo contarás a todos al día siguiente, o porque creas que si lo haces serás un tío.
  6. Con cuarenta ya no aguantas conversaciones banales ni gente que no te interesa. Yo ahora tengo una excusa genial: cuando una conversación de adultos me aburre me separo discretamente y con la excusa de controlar a las niñas me retiro a jugar con ellas. Es una buena excusa, y me sirve para no aguantar palizas.
  7. Es verdad que tienes menos potencia y explosividad, pero ganas en resistencia y en poder mental. Como tu cuerpo no aguanta lo mismo, y eres más consciente de lo que le cuesta digerir y procesar la comida y el movimiento, empiezas a cuidarte conscientemente. Esa dedicación al cuidado del cuerpo (no hablo de machacarte en el gimnasio cuatro horas al día o someterte a cirugía estética,  hablo de salir a andar o correr con cierta asiduidad y quizás hacer una tabla sencilla de ejercicios de estiramiento y flexibilidad, pilates o yoga) te mantiene alerta y en comunión con la mente. Ya lo decían los romanos “mens sana in corpore sano”.

    Ella ya tiene más de 40

  8. Puede ser que con cuarenta todavía no sepas exactamente qué es lo que quieres en la vida, igual que a los veinte. A mí todavía me pasa en muchos aspectos. Pero por lo menos tienes bastante más claro, qué es lo que no quieres bajo ningún concepto.
  9. En mi caso, los cuarenta están coincidiendo con una época minimalista. Cada vez deseo menos cosas. Menos posesiones. Menos preocupaciones. Menos expectativas. Es curioso. Estoy leyendo la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson. Ese tocho que habréis visto en las librerías con la cara de Jobs en primer plano. El primer slogan publicitario de Apple, allá a inicios de los 80 era “la sencillez es la máxima sofisticación”. También me he enterado por el libro que la máxima “menos es más” era un predicamento de la escuela Bauhaus de diseño, representada por Walter Gropius y Ludwig Mies van der Rohe. Parece ser que Jobs era un admirador de dicha corriente, que defendía un diseño sencillo y funcional, con líneas y formas muy nítidas pero con gran expresividad. Cosas para cuarentones, vaya.
  10. Tienes una experiencia y un bagaje que para sí quisiera un veinteañero. Has experimentado decepciones, fracasos, dolor, y ocasionalmente algún pequeño éxito. Te ha dado tiempo a darte cuenta de que la vida es esencialmente un manto de frustraciones salpicado por puntuales momentos de gozo. Ya asumes que la mayoría de cosas salen mal, o simplemente no salen. Es el precio que hay que pagar para que ocasionalmente algo se convierta en una satisfacción.
  11. Con cuarenta te das cuenta de lo poco que importa el dinero. Cuando tienes veinte todo lo mides en dinero. Quieres ser millonario. Tener un buen coche. Una casa grande con piscina. Poder ir de vacaciones a remotos lugares. Comprarte la ropa que se te antoje. Cambiar de vestuario a menudo. Tener de todo lo mejor. ¿sabéis cuál es ahora mi mayor deseo? No tener deseos.

    Mi mayor deseo, no desear nada.