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Ser mejores cada día

Para los que tenemos cuarenta se nos juntan dos crisis: la de los periódicos, de la que todo el mundo habla, y la que nos corresponde por edad. Esta segunda, pienso, que deriva de la cruda evidencia de que el momento de soñar se acabó. Se ha terminado el hacer planes. Ya no podemos decir “cuando sea mayor haré…“, o “cuando sea mayor seré…“, porque ya somos mayores. Ya no podemos soñar con ser grandes deportistas, científicos, políticos o artistas. Por edad ya deberíamos serlo. Ahora debemos concentrarnos en ser “buenos ciudadanos”, “buenos padres”, “buenos vecinos”, “buenos profesionales”.

Hay algunos que se autoengañan con el “cuando me jubile haré…”, o “cuando me jubile seré…”, pero ellos saben que la realidad es que, para cuando nos llegue la edad de jubilarnos, queriendo decir, cuando nos llegue la edad en la que podamos hacer lo que queramos con todas nuestras horas, ya no nos hará tanta ilusión lo que viene después de los puntos suspensivos.

Mientras tanto nos queda una misión muy importante. Ser un poco mejores cada día, cada uno en lo suyo, en la esfera privada y en la esfera laboral, fijándonos metas y acercándonos a ellas un poco cada día. Cada día debe haber un nuevo avance, por pequeño que sea, y lograremos aquello que nos propongamos. Por ejemplo, yo ahora podría determinar un objetivo y lo alcanzaría seguro con la receta que acabo de mencionar. Un poco cada día, y ni un día sin avanzar.

Antes es importante saber cómo se fija un objetivo: debe ser una cosa medible (no vale “conseguir que mis hijas sean buenas personas”, sí vale “dedicar 30 minutos al día a jugar con mis hijas”), debe ser una cosa razonable (no vale “ir a la Luna”, sí vale “visitar 10 países en los próximos 3 años”), debe tener un límite en el tiempo (no vale “correré la maratón”, sí vale “antes de fin de año del 2013 habré acabado una maratón”).

El escritor de éxito John Grisham

John Grisham es el perfecto ejemplo de lo que digo. Grisham es famoso por sus thrillers sobre abogados y sobre el mundo judicial americano. Él mismo era abogado antes de dedicarse full time a la literatura. Trabajó desde adolescente en multitud de empleos (desde jardinero a vendedor de ropa interior) y se graduó ya de mayor por una universidad de segunda fila en Mississipi.

Ya casado y ejerciendo de abogado decidió escribir un libro, basándose en la historia que se le ocurrió al escuchar a una niña de 12 años declarar en un juicio. La niña hizo llorar al jurado explicando cómo la habían golpeado y violado unos asaltantes. Grisham escribió su primera novela “A time to kill” pensando en qué hubiera ocurrido si el padre de esa niña se hubiera tomado la justicia por su mano.

Grisham tenía su trabajo y su familia, así que tardó 3 años en escribir la novela. ¿Sabéis cómo lo consiguió? Escribiendo 1 página cada día. Una página, saliera como saliera. Aunque ese día fuera domingo. Aunque fuera Navidad. Aunque no se le ocurriera nada. Una página cada día y ningún día sin su página.

Una vez acabada, la novela fue rechazada por una veintena de editoriales, hasta que Wynwood Press, una pequeña y desconocida editorial, accedió a publicar una modesta tirada de 5.000 ejemplares ¿Sabéis que hizo el día después de acabar esa primera novela? Pues empezar la segunda. Igual os suena el título: se llamó “The firm” (La tapadera), y vendió más de 7 millones de copias.

En Argentina el título en español era diferente