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11 razones por las que es mejor tener cuarenta que veinte

La juventud está sobrevalorada. La mejor edad son los cuarenta. O los cincuenta. Espero que también estén bien los cincuenta. Pero los cuarenta son geniales. Yo diría que “los cuarenta son los nuevos treinta”.

Sí, es cierto que con veinte años tienes la piel suave y tersa. Y si uno repasa fotos se ve más delgado y hasta atlético. Supongo que tu yo veinteañero te podría ganar en una carrera de 100 metros descalzos por la playa contra tu yo cuarentón. Sin embargo hay un montón de cosas que son mucho mejores a los cuarenta:

  1. La primera que me viene a la mente es que (si tienes hijos) has experimentado el más puro amor que se puede albergar. El amor por los hijos. Un amor sin contrapartidas ni intereses.
  2. Las hormonas están bajo control.  Ya no haces tonterías para gustarle a las chicas. Tu sentido del ridículo te lo impide. Ya no caminas por la calle pensando cada vez que te cruzas con una chica guapa: “Esa chica es guapísima. ¡Cómo me gustaría salir con ella!”.
  3. La ambición está bajo control. Cuando tienes veinte eres ambicioso. Crees que te comerás el mundo. Siempre elucubrando sobre el futuro. Igual fue un estigma de mi generación. Siempre pensando si tendría un buen trabajo. Si ganaría suficiente. Preocupado por estar a la altura de las expectativas. Con cuarenta abrazo la teoría del ahora. Lo que importa es el ahora. Hay un libro que he visto recomendado en varias fuentes: “The power of now”, de Eckhart Tolle. Un superventas en los USA. Lo tengo en mi lista de lecturas pendientes. Habla de la importancia de no mirar al pasado, ni preocuparnos demasiado por el futuro. ¿De qué sirve lamentarse de lo que ocurrió o no ocurrió? ¿Por qué preocuparte de lo que vendrá? Aprovechando el hoy y siendo consciente de cada minuto le sacamos más jugo a la vida.
  4. Ya no necesitas la aprobación de nadie. La principal aprobación que buscas es la tuya. Si todavía buscas la aprobación de tus padres, de tus jefes, de tus amigos, entonces es que todavía no tienes cuarenta. Por lo menos, no mentalmente.
  5. Ya no haces cosas que no te gusta hacer. Por ejemplo salir a la discoteca sólo porque todos tus amigos van. No hace falta trasnochar y deambular toda la noche por la calle hasta ver amanecer aunque te estés aburriendo soberanamente, sólo porque se lo contarás a todos al día siguiente, o porque creas que si lo haces serás un tío.
  6. Con cuarenta ya no aguantas conversaciones banales ni gente que no te interesa. Yo ahora tengo una excusa genial: cuando una conversación de adultos me aburre me separo discretamente y con la excusa de controlar a las niñas me retiro a jugar con ellas. Es una buena excusa, y me sirve para no aguantar palizas.
  7. Es verdad que tienes menos potencia y explosividad, pero ganas en resistencia y en poder mental. Como tu cuerpo no aguanta lo mismo, y eres más consciente de lo que le cuesta digerir y procesar la comida y el movimiento, empiezas a cuidarte conscientemente. Esa dedicación al cuidado del cuerpo (no hablo de machacarte en el gimnasio cuatro horas al día o someterte a cirugía estética,  hablo de salir a andar o correr con cierta asiduidad y quizás hacer una tabla sencilla de ejercicios de estiramiento y flexibilidad, pilates o yoga) te mantiene alerta y en comunión con la mente. Ya lo decían los romanos “mens sana in corpore sano”.

    Ella ya tiene más de 40

  8. Puede ser que con cuarenta todavía no sepas exactamente qué es lo que quieres en la vida, igual que a los veinte. A mí todavía me pasa en muchos aspectos. Pero por lo menos tienes bastante más claro, qué es lo que no quieres bajo ningún concepto.
  9. En mi caso, los cuarenta están coincidiendo con una época minimalista. Cada vez deseo menos cosas. Menos posesiones. Menos preocupaciones. Menos expectativas. Es curioso. Estoy leyendo la biografía de Steve Jobs escrita por Walter Isaacson. Ese tocho que habréis visto en las librerías con la cara de Jobs en primer plano. El primer slogan publicitario de Apple, allá a inicios de los 80 era “la sencillez es la máxima sofisticación”. También me he enterado por el libro que la máxima “menos es más” era un predicamento de la escuela Bauhaus de diseño, representada por Walter Gropius y Ludwig Mies van der Rohe. Parece ser que Jobs era un admirador de dicha corriente, que defendía un diseño sencillo y funcional, con líneas y formas muy nítidas pero con gran expresividad. Cosas para cuarentones, vaya.
  10. Tienes una experiencia y un bagaje que para sí quisiera un veinteañero. Has experimentado decepciones, fracasos, dolor, y ocasionalmente algún pequeño éxito. Te ha dado tiempo a darte cuenta de que la vida es esencialmente un manto de frustraciones salpicado por puntuales momentos de gozo. Ya asumes que la mayoría de cosas salen mal, o simplemente no salen. Es el precio que hay que pagar para que ocasionalmente algo se convierta en una satisfacción.
  11. Con cuarenta te das cuenta de lo poco que importa el dinero. Cuando tienes veinte todo lo mides en dinero. Quieres ser millonario. Tener un buen coche. Una casa grande con piscina. Poder ir de vacaciones a remotos lugares. Comprarte la ropa que se te antoje. Cambiar de vestuario a menudo. Tener de todo lo mejor. ¿sabéis cuál es ahora mi mayor deseo? No tener deseos.

    Mi mayor deseo, no desear nada.

La universidad de Steve Jobs

Steve Jobs ha muerto. Su biografía es digna de lo que sería una obra contemporánea de Charles Dickens. Fue fruto de un embarazo no deseado y, al nacer fue dado en adopción por sus padres. Su familia adoptiva parece ser que no dijo toda la verdad en la solicitud de adopción. Muchos años después su padre biológico, un sirio musulmán nacionalizado estadounidense, se arrepintió de aquello y quiso conocerle.

Jobs sólo asistió un semestre a la Universidad, dejándolo después e iniciando una carrera profesional llena de éxitos, que inició siendo programador de juegos de marcianitos para Atari, y siguió más tarde fundando Apple en un garaje, marchándose de mala manera de Apple, fundando Next y casi arruinándose con la productora Pixar y volviendo finalmente a la empresa de la manzana para conquistar el mundo con el ipod, el iphone y el ipad. Lo logrado por Jobs es increíble y pone de manifiesto que quizás no son tan necesarios los estudios universitarios.

Steve Jobs y la manzana

Hace poco el padre de un adolescente me preguntó qué opinaba sobre las distintas opciones que se le presentaban a su hijo en referencia a los estudios universitarios que estaba a punto de empezar.

Pensando bien qué decirle he llegado al convencimiento de que hoy en día, lo mejor para un adolescente de 18 años es NO ir a la Universidad.

Ojo, yo he ido a la Universidad, por tanto, nadie podrá intuir en mi actitud animadversión hacia dicha institución por no haber formado parte del sistema. Precisamente por haber pasado por el tubo, creo que tengo la legitimidad para opinar, simplemente opinar, del tema.

Al final, le dije a este atribulado padre que si yo fuera él, le prepararía a su hijo el siguiente itinerario formativo, desde los 18 a los 23 años, que son los años en que típicamente uno asiste a la Universidad:

1)      En primer lugar, pasaría un año viviendo y trabajando en un país anglosajón. Trabajando con autóctonos, en algún trabajo de poca cualificación, p.ej. una lavandería, una pizzería, haciendo camas en un hotel, de recepcionista, de camarero, o cualquier empleo parecido. En la medida de lo posible dicho trabajo implicaría interrelacionarse con otros y hablar en inglés, hablar mucho, y escuchar y aprender. Con esto el chaval desarrollaría en primer lugar la competencia del inglés, y en segundo lugar la habilidad de interrelación con los demás, por no hablar de la capacidad de empatizar con todo tipo de personas de los extractos sociales más diversos. Además se adquiere experiencia de cómo funcionan por dentro las empresas.

2)      En segundo lugar, invertiría un año en leer libros, visitar museos, ver películas, y escribir. Establecería un sistema con el seguimiento de un tutor, en el que cada semana habría que leer 3 o 4 libros, ver un par de películas y visitar un museo. Nada más. Ojo, no como en vacaciones sino con un estricto horario dedicado a todas estas tareas.  Las lecturas se comentarían con el tutor, así como las demás actividades. Y muy importante: habría intenso trabajo de escritura y también de oratoria. A lo largo de este año habría que hacer 1 exposición en público al mes. Y el total de libros mínimo que se habrían leído al cabo del “curso” serían como mínimo de 100. Todos a elegir por el estudiante, con una distribución que se aproximase a lo siguiente: 25% clásicos de la literatura universal, 25% libros técnicos (sobre matemáticas, estadística, ciencia, psicología, electricidad, lo que uno quiera), 25% biografías, y 25% ensayos de cualquier tipo. El estudiante también leería un par de periódicos cada mañana, escribiría cartas al director, comentaría noticias, escribiría comentarios y columnas (aunque luego no se publicaran). Con esto damos rienda suelta a las pasiones del estudiante (que elige qué campo del saber quiere cultivar) y le disciplinamos en el aprendizaje autodidacta, que le acompañará ya para toda la vida.

3)      Dedicaría un tercer año a iniciar y gestionar hasta su total puesta en marcha algún tipo de proyecto desde cero. El “estudiante” podría elegir entre montar una empresa, montar una entidad sin ánimo de lucro, iniciar un proyecto de formación, o lo que se le ocurriese. El requisito aquí más importante, es que tendría que ser algo que previamente no existiera, habría que crearlo. No vale apuntarse a algo. Habría que imaginarlo, planificarlo, crearlo, montarlo, y gestionarlo hasta dejarlo en pleno funcionamiento. Si a la primera no funcionara, se intentaría otra vez. Al final del año lo ideal sería que ese proyecto tuviera continuidad, aunque el “estudiante” lo abandonara para seguir el itinerario que aquí marco.  Aquí trabajamos la planificación, la determinación de objetivos, la elección de los medios para obtener dichos objetivos, la gestión del posible fracaso, o del inesperado éxito.

4)      El último año lo dedicaría a hacer de “aprendiz” o “asistente” de un”maestro”. El tema sería el siguiente: Se escoge un profesional reputado en algún campo, ya sea del saber o de los oficios. No sé, un buen cocinero, un buen mecánico, un director general de una empresa, un director de un colegio, un programador, un diseñador, cualquier profesión por la que el estudiante sienta pasión, y se le propone trabajar gratis para él durante un año, a cambio de estar constantemente a su lado, ver cómo se conduce, qué habilidades utiliza, de qué capacidades y experiencia hecha mano, y extraer en primera persona, mediante la observación y también ejecutando, las habilidades de un buen profesional. Ojo, no hablo de un puesto de trabajo normal. Hablo de ser la mano derecha de un profesional, que debería invertir tiempo de calidad con el “estudiante”, teniendo charlas periódicas acerca de la actividad y reflexiones sobre su desarrollo. Además de lo obvio, el aprendiz tejería en un año una red de contactos sustentada sobre la de su maestro después de años de ejercicio.

El itinerario que propongo creo que responde mejor que la educación reglada del sistema universitario a lo que hoy le garantiza a uno su futuro laboral. No hablo de un puesto de trabajo entendido a la manera clásica, sino aquello que hizo que a gente como Steve Jobs nunca le faltara el trabajo.