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Empieza HOY a escuchar a tus hijos

Blanca (casi 4 años) siempre pregunta: “¿Hoy es mañana?“. Vaya tontería de pregunta. “Blanca, a ver… Hoy es hoy, mañana será mañana. ¿lo entiendes?“. Al principio no captaba la profundidad de la pregunta. Pero parad a pensarlo un minuto. La cosa tiene su miga. Blanca entiende que cuando le digo: “Eso lo haremos mañana”, al día siguiente ya estamos en “mañana”. Ella llega a mañana al día siguiente, mientras que para los adultos, cuando amanece un nuevo día, “mañana” sigue siendo un futurible. Nosotros nunca llegamos a “mañana”.

Blanca ya ha descubierto, a su tierna edad, que “mañana” siempre se acaba convirtiendo en “hoy”.

Entre nuestras labores de padres se supone que está el preparar a nuestros hijos para ese “mañana”, dándoles las herramientas necesarias para tomar acertadamente las decisiones más importantes de su vida, que ni el colegio ni la universidad les enseñará.

Las decisiones más importantes van a ser invariablemente las mismas que nosotros hemos debido afrontar:

  1. A qué te vas a dedicar.
  2. Con quién vas a compartir tu vida.
  3. ¿Vas a tener hijos? ¿Cuántos? ¿Cómo los educaré?
  4. Dónde voy a vivir
  5. Cómo deseo contribuir a los demás.

La respuesta a estas preguntas sólo puede derivarse del conocimiento profundo de uno mismo. Con los miles de horas que se dedican a seguir planes de formación y programas académicos en los centros educativos, no hay ni un minuto dedicado a hablar con los alumnos uno a uno sobre sus expectativas, sus deseos, sus metas, sus aficiones, su carácter. En definitiva, qué quieren hacer con sus jóvenes y preciosas vidas.  Parece que ésa sea una labor ya de antemano dejada a los padres.

Los padres (cuando digo padres me refiero a padres y madres, es un tema de economía del lenguaje, no se vaya a enfadar alguien) estamos muchas veces tan ocupados con nuestras cosas que no encontramos el momento de sentarnos a conversar con nuestros hijos sobre estas cosas más trascendentales.

Podemos caer en la visión reduccionista de que llegará un día, cuando nuestros hijos tengan 18 años en que tendremos una conversación cara a cara con ellos, en la cual nos revelarán todas las aristas de su personalidad y en la cual nosotros les aconsejaremos sabiamente sobre lo que más les conviene en la vida. Pero señores, eso no va a ocurrir.

Esa conversación reveladora es la que tenemos que currarnos cada día, estando a su lado, escuchándoles en sus preocupaciones, en sus temores, en sus anhelos, y en su visión del mundo. Es un trabajo de muchos años (ser madre es duro, ya lo sabías) a base de tener la antena puesta e ir dejando caer reflexiones aquí y allá. Para que ellos mismos vayan planteándose la relevancia de las cosas importantes. Las de verdad importantes. ¿Cuál es la alternativa? Pues centrarnos exclusivamente en el día a día, hasta encontrar un día en que nuestros hijos ya hayan tomados las decisiones más importantes de sus vidas, habiéndolo hecho (como mucha gente antes que ellos) prácticamente sin pensar.

Mis hijas son todavía muy pequeñas (7 y 4) pero me doy cuenta de la importancia de empezar YA. Habla con tus hijos cada día (o todo lo que puedas) a un nivel profundo, que vaya más allá del “recoge ésto“, “ponte a hacer los deberes“, “no pegues a tu hermana” o “ponte las zapatillas“. A mí me gusta el momento en que ya están acostadas, arropaditas en su cama, y listas para dormirse. Entonces les pregunto cosas como:

  • “¿Eres feliz?”,
  • “¿Qué es lo que más te gusta hacer en el cole?”,
  • “¿Qué cosas te gustan más de tus amigas?”,
  • “¿Qué te hace sentir mejor, recibir un regalo o entregarlo?”,
  • “¿Qué cosas buenas tiene un día de lluvia?”,
  • “¿Por qué crees que en la Naturaleza hay animales que matan y otros que mueren?”,
  •  “¿Qué pasaría si nos tuviéramos que mudar a otra ciudad?”,
  • “¿Qué te gustaría ser de mayor?”.

Luego intento callar, y escuchar. Sólo escuchar. Con un poco de suerte, al final, dentro de mucho tiempo, cuando ellas mismas se hagan las preguntas,  sabrán contestarse solas.

 

Cómo superar el miedo escénico

Vaya por delante que yo todavía debo lidiar a veces con el miedo escénico. Que no siempre lo domino y que tampoco me tengo que enfrentar a él cada día (afortunadamente). Así que seguramente me falta práctica. Sin embargo, sí que lo he visto de cerca y creo que lo que aquí expongo puede ayudar a quien se tenga que enfrentar a alguna situación de las que le tensan a uno el estómago.

Puede ser dar una charla en público, actuar (cantar o tocar) para una audiencia,  o simplemente tener que pasar un examen oral (debería haber más en nuestro sistema educativo). Son momentos tensos, pero que hay que pasar. Pensad que normalmente esa tensión nos hace estar concentrados y alerta al 100%. La sangre fluye veloz por las venas y nuestros sentidos perciben mejor y son más precisos.

Hay gente que, de natural, se siente atraída por la luz del foco (the spotlight). Gente que disfruta actuando ante la masa. Artistas de nacimiento. Gente con un don. Aunque lo normal es lo que me pasa a mí: que intentes evitar esos momentos y que cuando los tengas enfrente, una gota de sudor frío cruce tu sien.

Sudor frío, miedo escénico

Estas son algunas técnicas que te pueden ayudar a superar el miedo escénico:

  1. Por supuesto, lo primero y principal: domina lo que haces. Es de perogrullo, pero la primera medida que contribuye a rebajar el estrés ante una cita en escena es haberte preparado a conciencia. Si uno debe dar una charla, tienes que dominar aquello de lo que vas a hablar, y si no, por lo menos, debes haber preparado la sesión con detalle casi enfermizo. Un buen orador ensaya sus conferencias, incluso es buena práctica grabarse en vídeo, y someter al análisis y evaluación de un tercero cómo lo haces. Si eres un concertista, nada habrá que te dé más seguridad que saber la partitura de memoria (o casi) después de haber ensayado esa pieza innumerables veces. Si uno domina lo que hace raramente aparecerá el miedo escénico. Si aún así se da un paseo y decide mostrarse, podemos recurrir a los demás puntos que aquí menciono.

  2. Visualiza el momento después. Imagina lo relajado y satisfecho que uno se siente después de un momento así. Sentirás la satisfacción del trabajo bien hecho, y el alivio de haber contribuido con tu talento a que otros hayan pasado un momento agradable. Imagina el resultado y cómo te vas a sentir. Lo que hay entre el ahora y el momento después es puro trámite.

  3. Imagínate qué es lo peor que podría suceder. Imagina que te quedas en blanco. Que se te paraliza el hipotálamo y que te quedas absolutamente bloqueado. Pasarán unos segundos tensos, pero todo tiene un final, y así retomarás tu hilo discursivo, o tu canción, o el chiste que estabas contando o lo que sea que tengas que hacer enfrente de la gente. ¿A qué no es tan grave? Estar en tu lecho de muerte, eso sí que sería grave. ¿Pero dar una charla, o un cantar una canción a capella? Chupao. Ya has visualizado lo peor, te has familiarizado con esa posibilidad…y resulta que no es tan grave. Además, ahora… acércate que te lo voy a susurrar al oído: …no va a suceder. En cualquier caso, en el remoto supuesto de que sucediera, será una experiencia de la cual aprenderás.

  4. Prescinde de la audiencia. Piensa que lo haces por tí. Como si fuera un examen oral de final de carrera. Ese acto lo haces únicamente por tí. Para demostrarte lo bueno que eres, cuánto sabes, y lo bien que dominas aquello a lo que te has dedicado en cuerpo y alma durante tantas horas.

    Ellos te adoran

  5. Piensa que hay mucha gente en tu misma situación. En el mundo somos 6.000 millones de personas. En el mismo instante en que lo estés pasando mal porque tienes que dar una charla o un discurso o recitar una poesía ante un público exigente, piensa que por lo menos un 0,001% de la población mundial seguramente esté pasando por el mismo trance que tú en ese momento. Eso significa que hay nada menos que 60.000 personas en el mundo atacados de nervios pensando en su actuación. O sea que tú eres uno más, y seguro que no serás el que peor lo haga. Lo dice la Estadística.

  6. Recuerda lo que le pasó a mi amigo Jean-Christof. Era un compañero de piso que tuve en primero de carrera. Era medio belga, medio americano, y había estudiado en Bucknell. Es una Universidad americana, situada en Pennsylvania. Yo no había oído nunca hablar de Bucknell, pero como él llevaba siempre camisetas y polos donde se leía “Bucknell”, un día le pregunté, y me dijo que era una de las mejores del país. Bien…Pues  Jean-Christof me contó un día que en el primer trabajo que tuvo le enviaron a dar una charla a los empleados de una fábrica. Se puso tan nervioso que empapó literalmente la camisa que llevaba y sentía la corbata como una pesada soga al cuello. No separaba la vista de unos papeles que había podido preparar deprisa y corriendo antes de subir al estrado. Próximo, ya, al final de su charla se atrevió a levantar la vista siquiera por una décima de segundo para entablar contacto visual con su audiencia, y se dio cuenta de que todos los allí congregados eran empleados japoneses que no entendían ni jota de lo que él estaba diciéndoles en inglés. Eso le liberó. Le retiró toda la presión que él se estaba autoimponiendo. Casi instantáneamente mi amigo Jean Christoff se relajó de tal manera que pudo acabar su charla en un estado de total tranquilidad y confianza. Las circunstancias eran las mismas, el discurso era el mismo, él era el mismo, la audiencia seguía allí, pero simplemente su cerebro dejó de emitir señales de miedo escénico. Si tienes que dar una charla, piensa que se la darás a una audiencia que no va a entender ni jota. A pesar de todo, mi amigo tuvo que ir a cambiarse de camisa, nada más bajar del estrado.

  7. Piensa que formas parte de un experimento. Visualiza tu vida desde algún punto elevado, como en la imagen inicial de la película “American Beauty”. Te ves a ti mismo desde arriba, como si formaras parte de una película o un escenario ajeno a ti. La historia va de unos científicos que han montado un experimento: te han insertado un chip en el cerebro, a través de una ranura en la nuca (tócate la nuca, siente la cicatriz que te han dejado), y están registrando todas tus constantes vitales en el momento de tu actuación a través de unas ondas inalámbricas que son captadas en otra sala del edificio. Tu objetivo es mostrar unas señales menos “desbocadas” que la última vez. Las señales que registren los científicos también servirán de referencia en el futuro, para que la próxima vez intentes lograr atenuar todavía más esas señales. Toda esta película te ayudará, por lo menos, a no pensar en otra cosa, y a rebajar momentáneamente tu nivel de estrés.

  8. Piensa que eres valiente. Eres como un superhéroe. Nadie lo sabe, pero tú sí. De todas las personas presentes en la sala donde vas ofrecer tu talento eres el más valiente. No va a haber nadie más que se atreva a subir al estrado. Todos van a pensar hacia sus adentros: “ojalá fuera yo tan valiente, lástima que yo no pueda superar mi miedo escénico”.

  9. Sonríe. Piensa: “qué agradecido estoy de tener esta oportunidad!”. Tengo dos piernas y dos brazos, y un cerebro. Y esta gente va a disfrutar de mi talento. La sonrisa es importante, porque aunque sea inconscientemente eleva tu nivel de confianza. Además, si los demás te ven con una sonrisa en el rostro se relajarán y serán más displicentes a la hora de juzgarte. Imagina lo contrario. Imagina alguien que sube al escenario con el ceño fruncido, comiéndose las uñas, con la mirada baja y con el rostro serio. Eso va a generar tensión en la audiencia. Los nervios se van a transmitir del protagonista a su público. Sonríe. Muéstrate relajado. Ya sabemos que no lo estás. Pero tu audiencia lo agradecerá y tú, inconscientemente, ahuyentarás al miedo escénico.

    La sonrisa: más de la mitad de su éxito

  10. Sé sincero, sé auténtico, sé tú. Siéntete cómodo. Deja pasar unos segundos antes de empezar. Tómatelos para sonreír (punto anterior), respirar hondo, mirar a tu audiencia, y familiarizarte con ella. Toda situación o lugar parecen intimidantes al principio. A medida que pasan los segundos y tu cuerpo se acostumbra la primera sensación de impacto se diluye. Al entrar por primera vez en la sala donde se expone el Guernica, en el Museo del Prado, uno experimenta una sensación de grandeza, de impacto. El guardia jurado que trabaja en esa sala no experimenta nada. La diferencia es que él conoce el entorno, porque lleva allí más tiempo.
  11. Todos los miembros de la audiencia son extraterrestres. Han adoptado forma humana para no intimidarte, pero si abren la boca y sacan la lengua verás que tienen la lengua como los reptiles. ¿Te acuerdas de la serie V? Pues igual. Te están mirando raro. No entienden bien lo que vas a hacer. Se han juntado aquí igual que nosotros vamos al zoo a ver a los pingüinos o al Cosmocaixa a ver a la capibara. Otro ejercicio mental para mantener lejos al miedo escénico.
  12. Piensa que tu actuación es un peldaño en tu escalera de la superación. Actuar en directo ante cualquier clase de público te va a hacer mejorar mucho más que una decena de ensayos. Sucede lo mismo a nivel deportivo. Cualquier partido de competición supone un esfuerzo y una mejora cien veces superior a un mero entreno. ¿Conocéis algún deportista de élite que antes de llegar a la cima haya evitado la competición? ¿Hay algún campeón mundial de cualquier disciplina que se haya plantado en la final sólo entrenando y sin nunca competir? No. Porque la competición, y en tu caso el miedo escénico ante el público, es lo que hace que uno mejore. Y cuantas más veces te enfrentes al miedo escénico mejor serás.
  13. Por último, un consejo prosaico: Intenta no beber coca-cola ni ninguna bebida estimulante durante ese día.

    Prohibido

     

 

¿Qué querrías a cambio de no jubilarte nunca?

Analicemos nuestras vidas a vista de pájaro:

  1. Nacemos.
  2. Tres años de puericultura. Pañales, biberones, chupetes, cochecito, y descubrimiento del mundo físico que nos rodea.
  3. Parvulario (ahora sería de P2 a P5). Seguimos descubriendo cosas. No hay responsabilidades. Nos podemos mear y cagar encima, y de momento no pasa nada.
  4. Colegio (Ahora sería Educación Primaria y ESO). Ya te tienes que aguantar si quieres ir al baño. Hay deberes. Empiezan las responsabilidades. Empieza la presión social.
  5. Bachillerato. Tus padres están muy preocupados por tí. El futuro es incierto. Casi todo depende de tu expediente académico. Primera gran decisión en la vida: qué quiero estudiar. El 20% de los chavales no sabe lo que quiere, el otro 80% hace lo que le dicen sus padres.
  6. Universidad. Para muchos una novedad: vivir fuera de casa de los padres.
  7. Trabajo.
  8. Tienes niños o escoges no tenerlos.
  9. Cumples 40. Haces balance. Igual aterrizas en este blog y lees ésto. Reflexionas. Cambias?
  10. Más trabajo.
  11. Jubilación. Palabra que deriva del sustantivo “júbilo”.
  12. Muerte. Con un poco de suerte sin pasar por residencias ni sanatorios ni grandes periodos de hospitalización.

Los puntos 4, 5 y 6 nos ocupan desde los 6 a los 26 años. Un cuarto de la vida y seguramente el mejor período de la misma, en el que estamos en plena facultad física y somos capaces de absorber nuevos conocimientos con mayor facilidad. Nuestro cerebro está abierto. Es como un CD virgen. Nuestras ganas de experimentar son máximas. Tenemos toda la vida por delante.

¿La mejor época de la vida?

Tal como está el sistema montado de los 6 a los 26 pasamos por el proceso de producción de la Educación. Es como una fábrica. Todos pasamos por el sistema. Vamos a la fábrica 8 horas al día, y allí nos inculcan unos conocimientos que alguien ha pensado que son los que necesitan los hombres y mujeres de provecho de nuestro tiempo. Pero…¿desde cuándo esto es así?

Básicamente desde la Era Industrial, en la que la sociedad ha necesitado cantidades ingentes de “factores de producción”. Eso determinó que había que formar a los cuadros para prepararlos para un sistema económico basado en la producción masiva de bienes y servicios. Eso ha estado muy bien. Gracias a eso, prácticamente todas las familias de hoy tienen coche, y electrodomésticos, y una serie de ventajas y comodidades que hacen que la vida de hoy sea un camino de rosas comparada sólo con lo que era hace 10 lustros.

El sistema invertía muchos años en formar al personal de una manera bastante estandarizada (clases de alumnos divididos por edades, programas académicos divididos por cursos, con exámenes programados al mismo tiempo para todos los alumnos sin distinguir por capacidad, esfuerzo o talento), luego trataba de sacar el máximo rendimiento a la productividad de los agentes, y finalmente, cuando llegaban a los 65 los retiraba de la circulación y los aparcaba hasta el “tiempo de desguace”, que no solía tardar mucho a partir de ese instante.

Pero las circunstancias han cambiado. Estamos en la Era Post-industrial. En el año 2050 la esperanza de vida en los países desarrollados será de unos 90 años.

Quizás hay que replantearse el sistema. ¿Por qué? ¿Qué ha cambiado? Esencialmente lo siguiente:

  1. Lo básico está conseguido. Tenemos de todo. La gente no pasa hambre. Más bien lo contrario: los problemas sanitarios son por sobrealimentación (problemas coronarios, colesteroles, etc). Tenemos una buena sanidad. Tenemos acceso a la cultura. Tenemos centros comerciales que se llenan todos los fines de semana, y por mucha crisis que haya tenemos una renta media que le permite a un montón de gente tiempo de vacaciones y ocio.
  2. La esperanza de vida es hoy más del doble de la que era hace 100 años. En 1910 en España la edad media a la que palmaba el personal rondaba los 40 años. En 2010 superó los 81 años.
  3. Internet y la Revolución de las nuevas tecnologías de la información han “encogido” el planeta. Todo el saber acumulado (o un gran porcentaje) está a nuestro alcance tecleando en nuestro ordenador. Ya no hace falta hacer un Máster para tener un acceso exclusivo al conocimiento. Los Máster se hacen por los contactos que proporcionan, no porque lo que te enseñen no lo puedas aprender tú sólo en los libros o utilizando google con habilidad. Además las TIC permiten conocer lo que sucede en el mundo prácticamente en directo. Es imposible no levantarse y enterarse que ha habido una masacre en Siria, o que acaban de rescatar a los bancos españoles.
  4. Las mayores cotas de libertad jamás vistas. Las sociedades democráticas occidentales son todavía sistemas muy mejorables (partitocracias tendentes al clientelismo y la corrupción) pero al menos no te meten en la cárcel por ir a la tuya o tener criterio propio.

    Actualización: La esperanza de vida en España fue de 81,6 años en 2010.

Bajo este nuevo escenario, ¿tiene sentido que nuestros hijos pasen 8 horas al día encerrados entre paredes en las que se les enseña lo mismo que se enseñó a nuestros padres o a nosotros? ¿tiene sentido que trabajemos 8 horas diarias o más desde los 26 a los 66 y luego estemos otros 25 años apartados del sistema de producción y recibiendo del sistema por estar inactivos?

Yo veo dos grandes cambios que van a suceder en el futuro, porque “el mundo ha cambiado”. Porque lo de antes ya no sirve:

  1. La etapa formativa: En vez de dedicarnos intensivamente de los 6 a los 26 a la formación de los jóvenes, debemos entender que la formación dura toda la vida y que no sólo consiste en asistir a clase. Tomarse un año o un semestre sabático también es formación. No me importaría que mis hijas se tomaran un año entre la ESO y el Bachillerato o entre el Bachillerato y la Universidad, para viajar, para leer, para emprender, para colaborar. Sobre esto ya escribí aquí. Los jóvenes necesitan amplios espacios de tiempo para la exploración personal y el descubrimiento de sus habilidades e intereses. Después, cuando ya eres adulto, puedes querer cambiar de carrera. Cada vez va a ser más común, y más necesario cambiar la orientación profesional cada cierto tiempo. Puedes empezar siendo fontanero, luego ser profesor de instituto, luego vendedor y luego empresario. Y necesitarás formarte con cada cambio.
  2. La etapa final: Adiós a la jubilación. No nos jubilaremos. Digan lo que digan las leyes. Teniendo salud y ganas de hacer cosas podemos no jubilarnos nunca. Para esto, por supuesto, es necesario que te guste lo que haces. O que tu trabajo no sea una fuente de estrés demasiado elevado. ¿Qué os parecería trabajar 4 años y tener derecho a 1 año de vacaciones? Así hasta el final. Qué suerte poder disfrutar de tiempo libre para viajar o estar en familia, cuando uno todavía es joven y está con salud. Y qué suerte sentirse productivo y útil hasta el último día.

 

 

 

 

¿Qué quieres hacer antes de morir?

En el famoso libro de Stephen Covey, los 7 hábitos de la gente altamente efectiva, el autor propone al lector el siguiente ejercicio: Imagina tu entierro. Imagina que tus seres queridos se han reunido para darte el último adiós. Llueve. Es un día gris. Toda la gente que te importa está allí. Y hay cuatro oradores que van a hablar sobre tí, cómo influiste en sus vidas, cómo les ayudaste, cómo fue su relación contigo y qué es lo bueno que han sacado de haber convivido contigo.

Hacer este ejercicio tiene como objetivo centrarnos en lo importante. No vaya a ser que nuestra vida se esté centrando en otros aspectos, y nos estemos olvidando de lo esencial. Los días pasan deprisa. Las semanas vuelan. Los meses ni los huelo. Pueden pasar años y nosotros dale que te pego, inmersos en el frenético día a día, sin concedernos un momento para reflexionar qué camino estamos recorriendo, sobre qué queremos hacer de nuestras vidas.

Hace poco he leído la increíble historia de 4 adolescentes canadienses que emprendieron un viaje de dos semanas en una vieja autocaravana, después de escribir una lista de 100 cosas que querían conseguir antes de morir. El 80% de chavales de su edad no saben qué hacer con sus vidas, el otro 20% probablemente vive la vida que sus padres han diseñado para ellos. Alrededor de conversaciones sobre qué querían hacer con su existencia, se centraron en lo que consideraron importante. Además se hicieron la promesa a sí mismos de que por cada cosa que consiguieran tachar de su lista, ayudarían a un extraño a hacer algo que quisiera hacer antes de morir.

Entre los elementos de su lista estaban (todavía están, dicen que han conseguido 81 de los 100): Conducir de una punta a la otra los USA, salir en las noticias de las seis, aprender a navegar, asistir a una fiesta en la mansión Playboy, pasar una noche en la cárcel, dar una clase a niños en un colegio, correr un maratón, hacer un programa de televisión, aprender a hacer surf, ver un cuerpo sin vida, aprender a volar, darle a un extraño un billete de 100 dólares, etc. Si queréis ver la lista completa, con los elementos que llevan tachados, pinchad aquí, y sobre la foto de la portada del libro, pinchad en la leyenda “click to look inside“.

Han pasado 5 años desde el inicio de ese viaje, que después se ha convertido en el libro que ahora editan, y en un programa de televisión. La vieja autocaravana se sustituyó por un autobús patrocinado. Os dejo aquí un video de menos de 3 minutos sobre el programa de la tele que han hecho.

Eran 4 chicos normales, estudiantes de Universidad, cada uno con sus problemas.  La noche antes de salir de viaje estuvieron sopesando la posibilidad de cancelarlo, porque un mecánico les había dicho que la autocaravana de segunda mano que habían acondicionado para el viaje (no es el autobús que sale en el vídeo) les iba a dejar tirados, y no tenían dinero para una hipotética reparación y vuelta a casa. Sin embargo, se lanzaron a ello. También decidieron llamar al proyecto The Buried Life, citando un poema inglés de hace 150 años, en el que se hablaba de desenterrar la vida de uno y dedicarla a lo que a uno le importa, y no a lo que los demás esperan de nosotros.

Uno de los cuatro jóvenes escribe en el blog de Tim Ferriss el método para que cualquiera de nosotros tache de su lista cosas que uno quiera hacer antes de morir, por muy alocadas que sean. Os lo resumo muy sucintamente. Os recomiendo mejor el original si os manejáis con el inglés:

  1. Párate y piensa en ello. Piensa de verdad. Los chicos de The Buried Life pensaron en ello a raíz de distintos elementos de crisis personal que estaban atravesando. Muchas veces los momentos de crisis son propicios para reflexionar sobre las cosas.
  2. Escríbelo. Como si fuera un proyecto que se tiene que hacer. Con una fecha para hacerlo. Cuando algo es un proyecto, de manera lógica lo subdividimos en tareas o acciones. Y esas tareas, una vez escritas, deben recibir nuestra atención igual que el resto de cosas que hacemos cotidianamente. Como cuando le tienes que comprar un regalo a tus hijos, y lo metes en tu agenda, y lo haces, por muy ocupado que estés.
  3. Coméntalo. Da voces. Pon en circulación tus intenciones. Házselo saber a todo el mundo. Alguien que tú conoces conoce a alguien que, a su vez conoce a alguien, que conoce a alguien, que a lo mejor puede ayudarte. Esto me ha recordado a la gente que ahora (lamentablemente) está perdiendo su puesto de trabajo. Si quieres encontrar otro trabajo, es muchísimo más eficaz decirle a todo el mundo tu situación y qué es lo que buscas, que no decir nada por pudor, o por vergüenza, y pensar que tú sólo resolverás antes la situación.
  4. Persiste en el empeño. Los chicos de The Buried Life, han desarrollado un sentido mediante el cual, cuando escuchan la palabra “NO”, a menudo entienden “AHORA NO”. La conclusión es que no hay que desanimarse si las cosas no salen a la primera. De hecho, lo normal es que algo no salga a la primera. Así es mejor. Ya que los que abandonan a las primeras de cambio hacen que el valor relativo de aquello que se quiere conseguir aumente.
  5. Échale valor. No dejes de poner algo en la lista por muy alocado que te parezca. Estos chicos pusieron que querían jugar a baloncesto con Barak Obama. Y lo consiguieron.
  6. Ayuda a los demás. La primera persona a la que ayudaron los chicos de The Buried Life fue a un hombre que les dijo que le gustaría llevar unas pizzas al albergue local para los sin-techo. Él había estado allí alojado, y los mejores recuerdos de su estancia eran cuando alguien les llevaba algo de comida. Resulta que ese hombre había logrado rehacer su vida comprando una pequeña camioneta y trabajando de transportista. Pero en ese momento la tenía averiada de tal suerte que se había convertido en un cacharro inservible. Los chicos le ayudaron dando voces a amigos y familia, y llamando a las emisoras de radio locales en busca de un camión que le sirviera. Finalmente se dirigieron a un concesionario de furgonetas de segunda mano, donde la más barata costaba $2100. Ellos sólo habían conseguido juntar $480.  Cuando le explicaron la historia al vendedor, para su sorpresa el vendedor aceptó el dinero y les vendió la camioneta, acordándose de que su hija había logrado su sueño de ir de viaje a Tailandia, gracias a que sus amigas habían colaborado todas dejándole dinero.  Todos estamos conectados. Si tú ayudas, alguien te ayudará. De eso se trata.

Con Obama, en las pistas de la Casa Blanca